LA TOMA DE DECISIONES
RESPONSABLES EN LA PRACTICA
DEL TRABAJO SOCIAL
Heler, M.
Con el objetivo de contribuir a asumir decisiones responsables, esta ponencia argumenta a
favor de vincular a la toma de decisiones una “reflexión ética”, acompañada y enriquecida
con una “elucidación”, esto es, con un proceso asumido por los trabajadores sociales
mismos que consista -en palabras de Castoriadis- en “pensar lo que se hace y saber lo que
se piensa” en el ejercicio de la profesión. Para ello, se procurará explicitar algunos
elementos del ethos moderno que enmarcan cuestiones ético-profesionales del trabajo
social, en las sociedades capitalistas de la modernidad tardía.
La ambigüedad
Tal vez la ambigüedad sea una característica inherente a la modernidad. El postulado
moderno de la igualdad y la libertad genera tensiones y conflictos, precisamente, frente a la
desigualdad y la opresión existentes (hoy además en aumento). Claro que por ser un
postulado no constata una realidad ya dada. Solo exige hacer como sí. Instala una
reivindicación ética ideal de igualdad y libertad, en contraste con la imposición de una
desigualdad estructural por parte de la dinámica capitalista.
Es que la igualdad y la libertad son requerimientos del mercado. Este necesita individuos
capaces de contratar por libre consentimiento. Los compromisos contraídos en el mercado
resultan iguales en cuanto a la obligación de cumplirlos y desiguales, con respecto al
contenido de la obligación, aquello a que cada contratante se obliga.
Sin embargo, el postulado moderno de la igualdad y la libertad de todos desempeña también
un papel diferente y fundamental en las sociedades modernas. Sus exigencias de
realización no quedan totalmente encorsetadas en la trama de los imperativos del mercado.
Por el contrario, desbordan estos imperativos. Se convierten en armas para la crítica de la
desigualdad estructural y en consecuencia, para una parcial y vulnerable materialización de
las exigencias de igualdad y libertad en las relaciones sociales, en nombre de la justicia.
En el trabajo social, por lo tanto, la ambigüedad se manifiesta en contradicción: sus
condicionamientos internos y externos privilegian el lado del mantenimiento del orden social
más que el de las exigencias de igualdad y libertad para todos.
Pero desde una perspectiva ética, el postulado de igualdad y libertad (restringido por la
orientación hacia el mantenimiento del orden que les impone la institucionalización en el
Estado), conserva no obstante su poder crítico, su capacidad para cuestionar y transformar
las relaciones sociales.
La autonomía
Las sociedades modernas postulan la libertad e igualdad de todos los individuos. Postulan,
esto es, instituyen los ideales de igualdad y libertad, contradiciendo la situación que se
presenta en los hechos. Los individuos deben ser tratados como si fueran iguales y libres,
como si decidieran por sí mismos las maneras de ganarse sus vidas (“ganarse la vida” en el
doble significado de obtener el sustento y de darle un sentido a la propia existencia).
Nuestras cuestiones éticas giran en torno a la autonomía de los involucrados en la
convivencia, buscando en nuestras interacciones el respeto y el reconocimiento recíproco
entre seres igualmente libres para desplegar la forma de vida libremente elegida por cada
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cual. En cambio, el reconocimiento de la libertad de cada cual para llevar adelante su vida
se ha visto entorpecido por el disciplinamiento social homogeneizante.
Pero si la autonomía está sólo postulada ¿cómo actuamos? Actuamos usualmente
heterónomamente: asumimos una ley (nomos) que nos ha sido dada sin decidir por nosotros
mismos (“hetero”: impuesta por un poder diferente, ajeno); corresponde a la ley que hemos
interiorizado en el proceso de socialización. Sin embargo, para actuar autónomamente
deberíamos elegir libremente por propia decisión, la ley a la que nosotros mismos nos
someteremos.
Precisamente de lo que se trata en la autonomía es de actuar, y no de ser actuados; de
decidir por nosotros mismos y no dejarnos ir en un comportamiento que creemos
espontáneo aunque sólo lo sea por cuanto responde a la interiorización de los mandatos
sociales y grupales.
La autonomía implica la capacidad, que significa el poder, de actuar por uno mismo. Pero
este poder como cualquier otro, no se encuentra en forma aislada en el sujeto autónomo,
sino que se manifiesta en las interacciones de los sujetos, interacciones éstas que en la
modernidad, se hallan orientadas por el ideal ético del respeto y el reconocimiento
recíprocos.
Cuando se habla de autonomía en relación con las profesiones, se piensa usualmente en
que son ocupaciones que poseen el poder de controlar su propio trabajo. Esta relativa
independencia en cuanto a la utilización de los conocimientos y pericias en los servicios que
brindan define su autonomía profesional. Pero ella corresponde originalmente al campo
profesional, lo que quiere decir a la comunidad de profesionales, y además según la
estructura que adquiere ese campo como resultado de las relaciones de fuerzas que lo
constituyen, tanto hacia dentro como hacia fuera del campo.
El mayor o menor grado de autonomía de un campo no se traslada a todos sus miembros de
igual manera, no provoca que cada uno de los profesionales se desempeñe
autónomamente. También el profesional está fabricado socialmente y debe responder a la
ley que define su ocupación como un campo profesional. Esta ley es producto de las
relaciones de fuerzas que se fueron estableciendo en el proceso de profesionalización, y
que han ido definiendo la estructura del campo específico. A su vez ha sido interiorizada por
los miembros de la profesión en su formación y en la experiencia de su desempeño. Es que
la que he llamado ley del campo profesional se reproduce conservándose o
transformándose, como resultado de las acciones de sus miembros, de acuerdo a la relación
de fuerzas del campo y en vinculación con el resto de la sociedad.
Sin embargo, el profesional debe asumir su responsabilidad, que si bien es compartida con
el resto del colectivo, exige responder por su accionar como si actuara personalmente en
forma autónoma.
La reflexión ética
Ser responsable significa ser capaz (no lo olvidemos, tener el poder) tanto de dar respuesta
a la pregunta acerca del porqué de nuestras decisiones y acciones como de hacernos cargo
de sus consecuencias. Al responder a la pregunta “¿por qué?”, articulamos un relato a
través del cual aducimos razones que valen como tales cuando son aceptables por todos, es
decir, cuando pueden ser universalizables, otra forma de decirle: si bajo circunstancias
parecidas, cualquiera de nosotros tomaría similar decisión. Hacerse cargo de las
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consecuencias de las acciones está vinculado a la sanción y la culpa, aunque como
veremos debiera conectarse con el aprendizaje a partir de los errores y la reparación.
La pregunta acerca de por qué elegimos un curso de acción, opera tanto en el momento de
la deliberación acerca de qué decisión tomar, como luego cuando tenemos que justificar
nuestro accionar. Las razones que sostienen una decisión, el relato que conformamos para
justificar que es una buena decisión, toma en cuenta diferentes aspectos de la situación
conflictiva, y utiliza criterios. Estos criterios, leyes, normas o reglas de conducta, a diferencia
de las sociedades pre-modernas, no están avalados por una autoridad irrefutable, sino que
pueden ser cuestionados y revisados, más aún, debieran sufrir un proceso de
autocercioramiento que nos permita decidir por nosotros mismos la validez de la obligación
que nos plantean.
Por consiguiente, apropiarnos de la autonomía supone la reflexión crítica sobre la situación
conflictiva pero también sobre nuestras obligaciones. Si llamamos a esta reflexión crítica,
reflexión ética, una forma de entender esta doble pregunta de la indagación se refleja en dos
movimientos complementarios. Por un lado se trata de la deliberación, de la consideración
de los factores que apoyan o socavan los posibles cursos de acción frente a la situación
conflictiva que nos demanda una decisión responsable. La deliberación brinda las razones
para optar, y nos permite responder por nuestras acciones: nos hace responsables.
Por otro lado, se trata de cerciorarnos por nosotros mismos de las pautas, de los criterios,
de la ley (para decirlo con los términos en que veníamos utilizando en relación con la
autonomía) que aplicamos en la deliberación, y que hemos interiorizado en nuestra
socialización, en la formación y en la experiencia profesional. A este segundo tipo de
reflexión ética, complementario de la búsqueda de la mejor decisión en las deliberaciones, lo
he llamado “elucidación”, en el sentido que Castoriadis da a la noción: “trabajo por el cual los
hombres intentar pensar lo que hacen y saber lo que piensan”.
Resulta entonces que la reflexión ética en los ámbitos profesionales tiene este doble papel
complementario de elucidación y de deliberación crítica dentro del proceso de toma
responsable de decisiones.
Pero los dispositivos que tratan de evitar nuestra autonomía son penetrantes, y también se
muestran resistentes a las modificaciones que nuestra reflexión aconseja, aun cuando haya
consensos más o menos generalizados acerca de tales modificaciones. Nuestra muchas
veces implícita compenetración (vía internalización) con esos dispositivos, nos crea
obstáculos epistemológicos (Bachelard) y epistemofilicos (Pichón Riviere) que cancelan
nuestras alternativas de decisión, ocultando las inconsistencias y tensiones inherentes a
nuestros marcos referenciales, a los ideales, valores, criterios y patrones de comportamiento
que dan sentido a nuestras prácticas.
En la toma de decisión de la actividad científica, además de las exigencias propias del
campo profesional, operan entonces las exigencias del ethos moderno respecto al trato con
los otros.
Estas exigencias del ethos moderno, que la práctica profesional no deben eludir, pueden
resumirse en el imperativo kantiano de tratar siempre al otro no sólo como medio sino
también como fin en mismo, es decir, como un ser autónomo que tiene el derecho y el
deber de dar libremente su consentimiento a la interacción. El recurso de la reflexión ética
constituye entonces una herramienta para que nuestras decisiones y el desempeño
profesional se guíen por el ideal del respeto y el reconocimiento, promoviendo la autonomía
de todos.
Pero dado que toda decisión humana no puede evadir nuestro horizonte de falibilidad, la
“vigilancia epistemológica” que recomienda Bachelard, requiere ser acompañada por la
vigilancia ética, sabiendo que debemos aprender y reparar nuestros errores, más que
buscar culpables y castigos.
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Fariña - Lo universal singular.pdf
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