consecuencias de las acciones está vinculado a la sanción y la culpa, aunque como
veremos debiera conectarse con el aprendizaje a partir de los errores y la reparación.
La pregunta acerca de por qué elegimos un curso de acción, opera tanto en el momento de
la deliberación acerca de qué decisión tomar, como luego cuando tenemos que justificar
nuestro accionar. Las razones que sostienen una decisión, el relato que conformamos para
justificar que es una buena decisión, toma en cuenta diferentes aspectos de la situación
conflictiva, y utiliza criterios. Estos criterios, leyes, normas o reglas de conducta, a diferencia
de las sociedades pre-modernas, no están avalados por una autoridad irrefutable, sino que
pueden ser cuestionados y revisados, más aún, debieran sufrir un proceso de
autocercioramiento que nos permita decidir por nosotros mismos la validez de la obligación
que nos plantean.
Por consiguiente, apropiarnos de la autonomía supone la reflexión crítica sobre la situación
conflictiva pero también sobre nuestras obligaciones. Si llamamos a esta reflexión crítica,
reflexión ética, una forma de entender esta doble pregunta de la indagación se refleja en dos
movimientos complementarios. Por un lado se trata de la deliberación, de la consideración
de los factores que apoyan o socavan los posibles cursos de acción frente a la situación
conflictiva que nos demanda una decisión responsable. La deliberación brinda las razones
para optar, y nos permite responder por nuestras acciones: nos hace responsables.
Por otro lado, se trata de cerciorarnos por nosotros mismos de las pautas, de los criterios,
de la ley (para decirlo con los términos en que veníamos utilizando en relación con la
autonomía) que aplicamos en la deliberación, y que hemos interiorizado en nuestra
socialización, en la formación y en la experiencia profesional. A este segundo tipo de
reflexión ética, complementario de la búsqueda de la mejor decisión en las deliberaciones, lo
he llamado “elucidación”, en el sentido que Castoriadis da a la noción: “trabajo por el cual los
hombres intentar pensar lo que hacen y saber lo que piensan”.
Resulta entonces que la reflexión ética en los ámbitos profesionales tiene este doble papel
complementario de elucidación y de deliberación crítica dentro del proceso de toma
responsable de decisiones.
Pero los dispositivos que tratan de evitar nuestra autonomía son penetrantes, y también se
muestran resistentes a las modificaciones que nuestra reflexión aconseja, aun cuando haya
consensos más o menos generalizados acerca de tales modificaciones. Nuestra muchas
veces implícita compenetración (vía internalización) con esos dispositivos, nos crea
obstáculos epistemológicos (Bachelard) y epistemofilicos (Pichón Riviere) que cancelan
nuestras alternativas de decisión, ocultando las inconsistencias y tensiones inherentes a
nuestros marcos referenciales, a los ideales, valores, criterios y patrones de comportamiento
que dan sentido a nuestras prácticas.
En la toma de decisión de la actividad científica, además de las exigencias propias del
campo profesional, operan entonces las exigencias del ethos moderno respecto al trato con
los otros.
Estas exigencias del ethos moderno, que la práctica profesional no deben eludir, pueden
resumirse en el imperativo kantiano de tratar siempre al otro no sólo como medio sino
también como fin en sí mismo, es decir, como un ser autónomo que tiene el derecho y el
deber de dar libremente su consentimiento a la interacción. El recurso de la reflexión ética
constituye entonces una herramienta para que nuestras decisiones y el desempeño
profesional se guíen por el ideal del respeto y el reconocimiento, promoviendo la autonomía
de todos.
Pero dado que toda decisión humana no puede evadir nuestro horizonte de falibilidad, la
“vigilancia epistemológica” que recomienda Bachelard, requiere ser acompañada por la
vigilancia ética, sabiendo que debemos aprender y reparar nuestros errores, más que
buscar culpables y castigos.
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