Recordar, repetir y reelaborar.
(Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, II) (1914).
Sigmund Freud.
No me parece ocioso recordar una y otra vez a los estudiantes las profundas alteraciones
que la técnica psicoanalítica Ha experimentado desde sus comienzos. Al principio, en la
fase de la catarsis breueriana, se enfocó directamente el momento de la formación de
síntoma y hubo un empeño, mantenido de manera consecuente, por Hacer reproducir
{reproJuzieren} los procesos psíquicos de aquella situación a fin de guiarlos para que
tuvieran su decurso a través de una actividad consciente. Recordar y abreaccionar eran en
aquel tiempo las metas que se procuraba alcanzar con auxilio del estado hipnótico. Luego,
después que se renunció a la hipnosis, pasó a primer plano la tarea de colegir desde las
ocurrencias libres del analizado aquello que él denegaba recordar. Se pretendía sortear la
resistencia mediante el trabajo interpretativo y la comunicación de sus resultados al
enfermo; así se mantenía el enfoque sobre las situaciones de la formación de síntoma y
sobre aquellas otras que se averiguaban presentes detrás del momento en que se contrajo
la enfermedad; en cambio, la abreacción era relegada y parecía sustituida por el gasto de
trabajo que el analizado tenía que prestar al vencer, como le era prescrito (por la
obediencia a la regla psicoanalítica fundamental), la crítica a sus ocurrencias. Por último,
se plasmó la consecuente técnica que hoy empleamos: el médico renuncia a enfocar un
momento o un problema determinados, se conforma con estudiar la superficie psíquica que
el analizado presenta cada vez, y se vale del arte interpretativo, en lo esencial, para
discernir las resistencias que se recortan en el enfermo y hacérselas conscientes. Así se
establece una nueva modalidad de división del trabajo: el médico pone en descubierto las
resistencias desconocidas para el enfermo; dominadas ellas, el paciente narra con toda
facilidad las situaciones y los nexos olvidados. Desde luego que la meta de estas técnicas
ha permanecido idéntica. En términos descriptivos: llenar las lagunas del recuerdo; en
términos dinámicos: vencer las resistencias de represión.
Hay que agradecer siempre a la vieja técnica hipnótica que nos exhibiera ciertos procesos
psíquicos del análisis en su aislamiento y esquematización. Sólo en virtud de ello pudimos
cobrar la osadía de crear nosotros mismos, situaciones complejas en la cura analítica, y
mantenerlas trasparentes.
El recordar, en aquellos tratamientos hipnóticos, cobraba una forma muy simple. El
paciente se trasladaba a una situación anterior, que no parecía confundir nunca con la
situación presente; comunicaba los procesos psíquicos de ella hasta donde habían
permanecido normales, y agregaba lo que pudiera resultar por la trasposición de los
procesos entonces inconscientes en conscientes.
Intercalo ahora algunas observaciones que todo analista ha hallado corroboradas en su
experiencia.
1
El olvido de impresiones, escenas, vivencias, se reduce las más de las veces
a un «bloqueo» de ellas. Cuando el paciente se refiere a este olvido, rara vez omite agregar:
«En verdad lo he sabido siempre, sólo que no me pasaba por la cabeza». Y no es infrecuente
que exteriorice su desengaño por no ocurrírsele bastantes cosas que pudiera reconocer
como «olvidadas», o sea, en las que nunca hubiera vuelto a pensar después que sucedieron.
Sin embargo, también esta añoranza resulta satisfecha, sobre todo en las histerias de
conversión. El «olvido» experimenta otra restricción al apreciarse los recuerdos
encubridores, de tan universal presencia. En muchos casos he recibido la impresión de que
la consabida amnesia infantil, tan sustantiva para nuestra teoría, está contrabalanceada en
su totalidad por los recuerdos encubridores. En estos no se conserva sólo algo esencial de
la vida infantil, sino en verdad todo lo esencial. Sólo hace falta saber desarrollarlo desde
ellos por medio del análisis. Representan {reprasentieren} tan acabadamente a los años
infantiles olvidados como el contenido manifiesto del sueño a los pensamientos oníricos.
Los otros grupos de procesos psíquicos que como actos puramente internos uno puede
oponer a las impresiones y vivencias fantasías, procesos de referimiento, mociones de
sentimiento, nexos deben ser considerados separadamente en su relación con el olvidar
y el recordar. Aquí sucede, con particular frecuencia, que se «recuerde» algo que nunca
pudo ser «olvidado» porque en ningún tiempo se lo advirtió, nunca fue consciente; además,
para el decurso psíquico no parece tener importancia alguna que uno de esos «nexos» fuera
consciente y luego se olvidara, o no hubiera llegado nunca a la conciencia. El
convencimiento que el enfermo adquiere en el curso del análisis es por completo
independiente de cualquier recuerdo de esa índole.
En las diversas formas de la neurosis obsesiva, en particular, lo olvidado se limita las más
de las veces a disolución de nexos, desconocimiento de consecuencias, aislamiento de
recuerdos.
Para un tipo particular de importantísimas vivencias, sobrevenidas en épocas muy
1
[En la primera edición, este párrafo y los tres siguientes (que constituyen la «intercalación») aparecían
impresos en un tipo de letra más pequeño.]
tempranas de la infancia y que en su tiempo no fueron entendidas, pero han hallado
inteligencia e interpretación con efecto retardado {nachtraglich}, la mayoría de las veces es
imposible despertar un recuerdo. Se llega a tomar noticia de ellas a través de sueños, y los
más probatorios motivos extraídos de la ensambladura de la neurosis lo fuerzan a uno a
creer en ellas; hasta es posible convencerse de que el analizado, superadas sus
resistencias, no aduce contra ese supuesto la falta del sentimiento de recuerdo (sensación
de familiaridad). Comoquiera que fuese, este tema exige tanta precaución crítica, y aporta
tantas cosas nuevas y sorprendentes, que lo reservo para tratarlo en forma especial con
materiales apropiados.
2
Cuando aplicamos la nueva técnica resta muy poco, nada muchas veces, de aquel
decurso de alentadora tersura.
3
Es cierto que se presentan casos que durante un trecho se
comportan como en la técnica hipnótica, y lo después se deniegan; pero otros tienen
desde el comienzo un comportamiento diverso. Si nos atenemos al signo distintivo de esta
técnica respecto del tipo anterior, podemos decir que el analizado no recuerda, en general,
nada de lo olvidado y reprimido, sino que lo actúa. No lo reproduce como recuerdo, sino
como acción; lo repite, sin saber, desde luego, que lo hace.
Por ejemplo: El analizado no refiere acordarse de haber sido desafiante e incrédulo frente
a la autoridad de los padres; en cambio, se comporta de esa manera frente al médico. No
recuerda haberse quedado atascado, presa de desconcierto y desamparo, en su
investigación sexual infantil, pero presenta una acumulación de sueños confusos, se lamenta
de que nada le sale bien y, proclama, es su destino no acabar nunca ninguna empresa. No
se acuerda de haber sentido intensa vergüenza por ciertos quehaceres sexuales, ni de haber
temido que lo descubrieran, pero manifiesta avergonzarse del tratamiento a que ahora se
somete y procura mantenerlo en secreto frente a todos.
En especial, él empieza la cura con una repetición así. A menudo, tras comunicar a cierto
paciente de variada biografía y prolongado historial clínico la regla fundamental del
psicoanálisis, y exhortarlo luego a decir todo cuanto se le ocurra, uno espera que sus
comunicaciones afluyan en torrente, pero experimenta, al principio, que no sabe decir
2
[Esta es, desde luego, una referencia al «Hombre de los Lobos» y al sueño que este tuvo a los cuatro os
de edad. Freud acababa de terminar su análisis, y es probable que redactase el historial clínico más o menos
simultáneamente con la preparación del presente trabajo, aunque aquel se publicó sólo cuatro años más tarde
(19186). Antes de eso, empero, abordó el examen de esta clase especial de recuerdos infantiles en la 23
f
de
sus Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17), AE, 16, págs. 334-8.]
3
[Freud retoma la argumentación donde la había dejado antes de la intercalación precedente.)
palabra. Calla, y afirma que no se le ocurre nada. Esta no es, desde luego, sino la repetición
de una actitud homosexual que se esfuerza hacia el primer plano como resistencia a todo
recordar.
4 5 6
Y durante el lapso que permanezca en tratamiento no se liberará de esta
compulsión de repetición,
1
uno comprende, al fin, que esta es su manera de recordar.
Por supuesto que lo que s nos interesa es la relación de esta compulsión de repetir
con la transferencia y la resistencia. Pronto advertimos que la transferencia misma es sólo
una pieza de repetición, y la repetición es la transferencia del pasado olvidado; pero no sólo
sobre el médico: también sobre todos los otros ámbitos de la situación presente. Por eso
tenemos que estar preparados para que el analizado se entregue a la compulsión de repetir,
que le sustituye ahora al impulso de recordar, no sólo en la relación personal con el médico,
sino en todas las otras actividades y vínculos simultáneos de su vida p. ej., si durante la
cura elige un objeto de amor, toma a su cargo una tarea, inicia una empresa. Tampoco es
difícil discernir la participación de la resistencia. Mientras mayor sea esta, tanto más será
sustituido el recordar por el actuar (repetir). En efecto, en la hipnosis, el recordar ideal de lo
olvidado corresponde a un estado en que la resistencia ha sido por completo abolida. Si la
cura empieza bajo el patronazgo de una transferencia suave, positiva y no expresa, esto
permite, como en el caso de la hipnosis, una profundiza- ción en el recuerdo, en cuyo
trascurso hasta callan los síntomas patológicos; pero si en el ulterior trayecto esa
transferencia se vuelve hostil o hiperintensa, y por eso necesita de represión, el recordar
deja sitio enseguida al actuar. Y a partir de ese punto las resistencias comandan la secuencia
de lo que se repetirá. El enfermo extrae del arsenal del pasado las armas con que se
defiende de la continuación de la cura, y que nos es preciso arrancarle pieza por pieza.
Tenemos dicho que el analizado repite en vez de recordar, y repite bajo las condiciones
de la resistencia; ahora estamos autorizados a preguntar: ¿Qué repite o actúa, en verdad?
He aquí la respuesta: Repite todo cuanto desde las fuentes de su reprimido ya se ha abierto
paso hasta su ser manifiesto: sus inhibiciones y actitudes inviables, sus rasgos patológicos
de carácter. Y, además, durante el tratamiento repite todos sus síntomas. En este punto
podemos advertir que poniendo de relieve la compulsión de repetición no hemos obtenido
4
Esto había sido señalado por Freud mucho antes, en su «Epílogo- al análisis de «Dora» (lX>5e), AE, 7,
pág. 104, donde considera el tema de la trasferencia.]
5
[CE «Sobre la iniciación del tratamiento» (1913c), supra, pág. 139.]
6
[Esta es, aparentemente, la primera vez que Freud menciona el concepto, que en un sentido más general
habría de tener tan importante cometido en .-u posterior doctrina de las pulsiones. Referido, como aquí, a su
aplicación clínica, se lo encuentra nuevamente en «Lo ominoso» (1919A), AE, 17, pág. 238, y forma parte de
las pruebas aducidas en apoyo de la tesis general de Más allá del principio de placer (1920g), AE, 18, págs.
18 y sigs,, donde se remite a este trabajo.]
ningún hecho nuevo, sino sólo una concepción más unificadora. Y caemos en la cuenta de
que la condición de enfermo del analizado no puede cesar con el comienzo de su análisis, y
que no debemos tratar su enfermedad como un episodio histórico, sino como un poder
actual. Esta condición patológica va entrando pieza por pieza dentro del horizonte y del
campo de acción de la cura, y mientras el enfermo lo vivencia como algo real-objetivo y
actual, tenemos nosotros que realizar el trabajo terapéutico, que en buena parte consiste en
la reconducción al pasado.
El hacer recordar dentro de la hipnosis no podía menos que provocar la impresión de un
experimento de laboratorio. El hacer repetir en el curso del tratamiento analítico, según esta
técnica más nueva, equivale a convocar un fragmento de vida real, y por eso no en todos los
casos puede ser inofensivo y carente de peligro. De aquí arranca todo el problema del a
menudo inevitable «empeoramiento durante la cura».
La introducción del tratamiento conlleva, particularmente, que el enfermo cambie su
actitud consciente frente a la enfermedad. Por lo común se ha conformado con lamentarse
de ella, despreciarla como algo sin sentido, menospreciarla en su valor, pero en lo demás
ha prolongado frente a sus exteriorizaciones la conducta represora, la política del avestruz,
que practicó contra los orígenes de ella. Puede suceder entonces que no tenga noticia formal
sobre las condiciones de su fobia, no escuche el texto correcto de sus ideas obsesivas o no
aprehenda el genuino propósito de su impulso obsesivo.
7
Para la cura, desde luego, ello no
sirve. Es preciso que el paciente cobre el coraje de ocupar su atención en los fenómenos de
su enfermedad. Ya no tiene permitido considerarla algo despreciable; s bien será un digno
oponente, un fragmento de su ser que se nutre de buenos motivos y del que deberá espigar
algo valioso para su vida posterior. Así es preparada desde el comienzo la reconciliación con
eso reprimido que se exterioriza en los síntomas, pero también se concede cierta tolerancia
a la condición de enfermo. Si en virtud de esta nueva relación con la enfermedad se agudizan
conflictos y resaltan al primer plano unos síntomas que antes eran casi imperceptibles, uno
puede fácilmente consolar de ello al paciente puntualizándole que son unos empeoramientos
necesarios, pero pasajeros, y que no es posible liquidar a un enemigo ausente o que no esté
lo bastante cerca. Sin embargo, la resistencia puede explotar la situación para sus propósitos
o querer abusar del permiso de estar enfermo. Parece hacer una demostración: «¡Mira lo
que resulta de ahí, si yo no intervengo realmente en esas cosas! ¿No he hecho bien en
entregarlas a la represión?». Jóvenes y niños, en particular, suelen aprovechar la tolerancia
de la condición de enfermo que la cura requiere para regodearse en los síntomas
patológicos.
Ulteriores peligros nacen por el hecho de que al progresar la cura pueden también
conseguir la repetición mociones pulsionales nuevas, situadas a mayor profundidad, que
todavía no se habían abierto paso. Por último, las acciones del paciente fuera de la
transferencia pueden conllevar pasajeros perjuicios para su vida, o aun ser escogidas de
modo que desvaloricen duraderamente las perspectivas de salud.
Es fácil de justificar la táctica que el médico seguirá en esta situación. Para él, el recordar
a la manera antigua, el reproducir en un ámbito psíquico, sigue siendo la meta, aunque sepa
que con la nueva técnica no se lo puede lograr. Se dispone a librar una permanente lucha
con el paciente a fin de retener en un ámbito psíquico todos los impulsos que él querría guiar
hacia lo motor, y si consigue tramitar mediante el trabajo del recuerdo algo que el paciente
preferiría descargar por medio de una acción, lo celebra como un triunfo de la cura. Cuando
la ligazón transferencial se ha vuelto de algún modo viable, el tratamiento logra impedir al
enfermo todas las acciones de repetición más significativas y utilizar el designio de ellas
como un material para el trabajo terapéutico. El mejor modo de salvar al enfermo de los
perjuicios que le causaría la ejecución de sus impulsos es comprometerlo a no adoptar
durante la cura ninguna decisión de importancia vital (p. ej., abrazar una profesión o escoger
un objeto definitivo de amor); que espere, para cualquiera de tales propósitos, el momento
de la curación.
Desde luego que de la libertad personal del analizado se respeta lo conciliable con tales
previsiones; no se le estorba ejecutar propósitos irrelevantes, aunque sean disparatados, y
tampoco se olvida que el ser humano sólo escarmienta y se vuelve prudente por experiencia
propia. Sin duda, también hay enfermos a los que no se puede disuadir de embarcarse
durante el tratamiento en aventuradas empresas, totalmente inadecuadas, y sólo tras
ejecutarlas se volverán dóciles y accesibles para la cura psicoanalítica. En ocasiones, puede
ocurrir aunque no se tenga tiempo de refrenar con la transferencia las pulsiones silvestres,
o que el paciente, en una acción de repetición, desgarre el lazo que lo ata al tratamiento.
7
[Se hallarán ejemplos en los historiales clínicos del pequeño Hans (19096), AH, 10, pág. 101. y del
«Hombre de las Ratas» (1909d), AH, 10, pág. 174 1
Puedo mencionar, como ejemplo extremo, el caso de una dama anciana que repetidas
veces, en un estado crepuscular, había abandonado su casa y a su marido, y huido a alguna
parte, sin que nunca le deviniera consciente un motivo para esta «evasión». Inició
tratamiento conmigo en una transferencia tierna bien definida, la acrecentó de una manera
ominosamente rápida en los primeros días, y al cabo de una semana también se «evadió»
de mí, antes que yo hubiera tenido tiempo de decirle algo capaz de impedirle esa repetición.
Ahora bien, el principal recurso para domeñar la compulsión de repetición del paciente,
y trasformarla en un motivo para el recordar, reside en el manejo de la transferencia.
Volvemos esa compulsión inocua y, más aún, aprovechable si le concedemos su derecho
a ser tolerada en cierto ámbito: le abrimos la transferencia como la palestra donde tiene
permitido desplegarse con una libertad casi total, y donde se le ordena que escenifique
para nosotros todo pulsionar patógeno que permanezca escondido en la vida anímica del
analizado. Con tal que el paciente nos muestre al menos la solicitud {Entgegenkommen}
de respetar las condiciones de existencia del tratamiento, conseguimos, casi siempre, dar
a todos los síntomas de la enfermedad un nuevo significado trasferencial,
7
sustituir su
neurosis ordinaria por una neurosis de transferencia,
8
de la que puede ser curado en virtud
del trabajo terapéutico. La transferencia crea así un reino intermedio entre la enfermedad
y la vida, en virtud del cual se cumple el tránsito de aquella a esta. El nuevo estado ha
asumido todos los caracteres de la enfermedad, pero constituye una enfermedad artificial
asequible por doquiera a nuestra intervención. Al mismo tiempo es un fragmento del
vivenciar real-objetivo, pero posibilitado por unas condiciones particularmente favorables,
y que posee la naturaleza de algo provisional. De las reacciones de repetición,
9
que se
muestran en la transferencia, los caminos consabidos llevan luego al despertar de los
recuerdos, que, vencidas las resistencias, sobrevienen con facilidad.
Podría interrumpir aquí, si el título de este ensayo no me obligara a exponer otra pieza
de la técnica analítica. El vencimiento de la resistencia comienza, como se sabe, con el
acto de ponerla en descubierto el médico, pues el analizado nunca la discierne, y
comunicársela a este. Ahora bien, parece que principiantes en el análisis se inclinan a
confundir este comienzo con el análisis en su totalidad. A menudo me han llamado a
consejo para casos en que el médico se quejaba de haber expuesto al enfermo su
resistencia, a pesar de lo cual nada había cambiado o, peor la resistencia había cobrado
más fuerza y toda la sitúación se había vuelto aún menos trasparente. La cura parecía no
8 [«Übertragungsbedeutung»; en las ediciones anteriores a 1924 rezaba aquí «Übertragungsbedingutig»
{«condición trasferencial»},]
9 [El vínculo entre este uso particular de la expresión y el corriente (como designación de las histerias y la
neurosis obsesiva) se indica en la 27
;
de las Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916- 17), AE, 16,
pág. 404.]
10
[En la primera edición decía «acciones de repetición»,]
dar un paso adelante. Luego, esta expectativa sombría siempre resultó errónea. Por regla
general, la cura se encontraba en su mayor progreso; lo que el médico había olvidado
que nombrar la resistencia no puede producir su cese inmediato. Es preciso dar tiempo al
enfermo para enfrascarse en la resistencia, no consabida para él;
11
para reelaborarla {dur-
charbciten}, vencerla prosiguiendo el trabajo en desafío a ella y obedeciendo a la regla
analítica fundamental. Sólo en el apogeo de la resistencia descubre uno, dentro del trabajo
en común con el analizado, las mociones pulsionales reprimidas que la alimentan y de cuya
existencia y poder el paciente se convence en virtud de tal vivencia. En esas circunstancias,
el médico no tiene más que esperar y consentir un decurso que no puede ser evitado, pero
tampoco apurado. Ateniéndose a esta intelección, se ahorrará a menudo el espejismo de
haber fracasado cuando en verdad ha promovido el tratamiento siguiendo la línea correcta.
En la práctica, esta reelaboración de las resistencias puede convertirse en una ardua tarea
para el analizado y en una prueba de paciencia para el médico. No obstante, es la pieza del
trabajo que produce el máximo efecto alterador sobre el paciente y que distingue al
tratamiento analítico de todo influjo sugestivo. En teoría se la puede equiparar a la
«abreacción» de los montos de afecto estrangulados por la represión, abreacción sin la cual
el tratamiento hipnótico permanece infructuoso.
12
11
[ <. . .sich in d^n ihm unbekannten Widerstand zu vertiefen». En la primera edición, en vez de
«unbekannten» se leía «nun bekannten». {Antes de la modificación, el texto rezaba: «...para enfrascarse en
esta resistencia que ahora le es consabida»}.]
12
[El concepto de «reelaboración», introducido en el presente trabajo, se relaciona evidentemente con la
«inercia psíquica», a la que Freud dedica varios pasajes. Algunos de ellos se mencionan en una nota mía de
«Un caso de paranoia que contradice la teoría psicoanalítica» (1915/), AE, 14, pág. 272. En Inhibición, síntoma
y angustia (1926), AE, 20, págs. 149-50, la necesidad de la reelaboración es atribuida a la resistencia de lo
inconciente (o del ello), tema al cual se vuelve en «Análisis terminable e interminable» (1937c), AE, 23, págs.
243-4.]
3.2 Recordar, repetir, reelaborar - Freud.pdf
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