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situado en el cuerpo propio por un objeto ajeno, en segundo lugar, unificar los diferentes objetos de las pulsiones
singulares, sustituirlos por un objeto único. Esto sólo puede lograrse, desde luego, cuando dicho objeto único es a su vez
un cuerpo total, parecido al propio.
Cuando en la infancia antes de que advenga el periodo de latencia, el proceso ha alcanzado un cierto cierre, el objeto
hallado resulta ser casi idéntico al primer objeto de la pulsión placentera oral, ganando por apuntalamiento (en la pulsión
de nutrición). Es, si no el pecho materno, al menos la madre.
Llamamos a la madre el primer objeto de amor. De amor hablamos, en efecto, cuando traemos al primer plano el aspecto
anímico de las aspiraciones sexuales y empujamos al segundo plano, o queremos olvidar por un momento, los
requerimientos pulsionales de carácter corporal o sensual que están en la base. Para la época en que la madre deviene
objeto de amor ya ha empezado en el niño el trabajo psíquico de la represión, que sustrae de su saber el conocimiento
de una parte de sus metas sexuales. A esta elección de la madre como objeto de amor se anuda el complejo de Edipo.
El complejo de Edipo. Aun cuando el hombre haya reprimido al Icc estas mociones malignas y pueda decirse que no es
responsable de ellas, por fuerza sufrirá esta responsabilidad como un sentimiento de culpa cuyo fundamento desconoce.
No cabe duda ninguna de que es lícito ver en el complejo de Edipo una de las fuentes más importantes de la Cc de culpa
que tan a menudo hace penar a los neuróticos.
Pero todavía más: en un estudio sobre los comienzos de la religión y la eticidad, que publique en 1913 poniéndole el título
de Tótem y Tabú, se me ocurrió la conjetura de que quizás la humanidad como un todo, en los comienzos de la historia,
adquirió en el complejo de Edipo la Cc de culpa, esa fuente última de la religión y la eticidad.
¿Qué deja ver del complejo de Edipo la observación directa del niño en la época de la elección de objeto anterior al
período de latencia? Bueno, se ve con facilidad que el varoncito quiere tener a la madre para él solo, siente como molesta
la presencia del padre, se enfada cuando este se permite ternezas hacia la madre, exterioriza su contento cuando el padre
parte de viaje o está ausente.
Simultáneamente el mismo niño da muestras en otras oportunidades de una gran ternura hacia el padre, sólo que
semejantes actitudes afectivas ambivalentes que en el adulto llevarían al conflicto, coexisten muy bien en el niño durante
largo tiempo, tal como después hallan un sitio duradero en el Icc una junto a la otra.
La niña, la actitud de tierna dependencia hacia el padre, la sentida necesidad de eliminar por superflua a la madre y
ocupar, su puesto, una coquetería que ya trabajaba con los recursos de la posterior feminidad, dan por resultado
justamente en la niña pequeña una imagen encantadora, que nos hace olvidar la seriedad de esta situación infantil y las
posibles consecuencias graves que esconde.
Este se amplia hasta convertirse en un complejo familiar cuando se suman otros niños. En tales casos el perjuicio egoísta
proporciona un nuevo apuntalamiento para que esos hermanitos sean recibidos con antipatía y sean eliminados sin
misericordia en el deseo.
Cuando estos hermanitos crecen, la actitud para con ellos sufre importantísimas mudanzas. El chico puede tomar a la
hermana como objeto de amor en sustitución de la madre infiel, entre varios hermanos que compiten por una hermanita
más pequeña ya se presentan las situaciones de rivalidad hostil que cobrarán significación más tarde en la vida. Una niñita
encuentra en el hermano mayor un sustituto del padre, quien ya no se ocupa de ella con la ternura de los primeros años,
o toma a una hermanita menor como sustituto del bebé que en vano deseó del padre.