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21º Conferencia Desarrollo libidinal y organizaciones sexuales. (1916-1917)
Sigmund Freud
Sexualidad y reproducción no coinciden. Nosotros debemos admitir algo “sexual” que no es “genital”, ni tiene nada que
ver con la reproducción.
Los perversos son más bien unos pobres diablos que tiene que pagar un precio altísimo por esa satisfacción que tan
trabajosamente se conquistan.
Lo que confiere un carácter tan inequívocamente sexual a la práctica perversa, a pesar de la ajenidad de su objeto y sus
metas es que el acto de la satisfacción perversa desemboca, no obstante, las más de las veces, en un orgasmo completo
y en el vaciamiento de los productos genitales.
Ya el beso merece el nombre de un acto perverso, pues consiste en la unión de dos zonas bucales erógenas en lugar de
los dos genitales. Pero nadie lo condena por perverso. El besar lleva a la perversión plena, a saber, cuando es tan intenso
que termina directamente en la descarga genital.
No tiene ningún sentido excluir de la serie de las personas normales y declarar perversas a las que exhiben algunos de
estos rasgos aislados, más bien, cada vez advertimos con más claridad que lo esencial de las perversiones no consisten en
la trasgresión de la meta sexual, ni en la sustitución de los genitales, no siquiera en la variación del objeto, sino solamente
en que estas desviaciones se consuman de manera exclusiva, dejando de lado el acto sexual al servicio de la reproducción.
Las acciones perversas dejan de ser tales en la medida en que se integran en la producción del acto sexual normal, como
unas contribuciones que lo preparan o lo refuerzan.
La sexualidad perversa está centrada, todas las acciones presionan hacia una meta y una pulsión parcial tiene la primacía,
o bien es la única pesquisable o bien ha sometido a las otras a sus propósitos. En este sentido, no hay entre la sexualidad
perversa y normal más diferencia que la diversidad de pulsiones parciales dominantes y, por otro lado, de las metas
sexuales. En uno y otro caso se trata, por así decir, de una tiranía bien organizada, sólo que son diversas las familias que
se han arrogado el gobierno. En cambio, la sexualidad infantil carece de semejante centramiento y organización, sus
diversas pulsiones parciales tienen iguales derechos y cada una persigue por cuenta propia el logro de placer.
Ambos tipos de sexualidad, la perversa y la normal, han nacido de lo infantil. Hay casos de sexualidad perversa que
presentan una semejanza mucho mayor con la infantil, son aquellos en que numerosas pulsiones parciales han impuesto
sus metas -o mejor, han persistido en ellas- con independencia unas de otras. En tales casos es más correcto hablar de
infantilismo de la vida sexual que de perversión.
En las perversiones se alcanza un orgasmo genital, aunque por otros caminos que la unión de los genitales. Se hallaran en
mucho mejor posición si de las notas características de lo sexual eliminan su referencia a la reproducción, insostenible
por la existencia de las perversiones, y le anteponen, a cambio, la actividad genital.
Los genitales pueden ser subrogados por otros en la ganancia de placer, como ocurre en el beso normal, así como en las
prácticas perversas de los libertinos y en la sintomatología de la histeria.
Extender la designación de “sexual” también a las prácticas de la primera infancia que aspiran al placer de órgano.
Llamamos sexuales a las dudosas e interminables prácticas placenteras de la primera infancia porque el camino del análisis
nos lleva a ellas desde los síntomas pasando por un material indiscutiblemente sexual.
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Ya desde el tercer año de vida la sexualidad del niño no da lugar a ninguna de estas dudas, por esa época ya empiezan a
excitarse los genitales y quizá sobreviene regularmente un período de masturbación infantil; o sea, de satisfacción genital.
Las manifestaciones anímicas y sociales de la vida sexual ya no se echan de menos, elección de objeto, preferencia tierna
por determinadas personas y aun la predilección por uno de los sexos imparciales.
Desde el sexto al octavo de vida en adelante se observaran una detención y un retroceso en el desarrollo sexual, que, en
los casos más favorables desde el punto de vista cultural, merecen el nombre de período de latencia.
Las vivencias y mociones anímicas anteriores al advenimiento de período de latencia son víctimas, en su mayoría, de la
amnesia infantil, ese olvido que ya elucidamos que oculta nuestros primeros años de vida y nos aliena de ellos. No
podemos dejar de sospechar que los comienzos de vida, sexual, contenidos en él proporcionaron el motivo de ese olvido,
que, por tanto, sería un resultado de la represión.
Desde el tercer año de vida, la sexualidad del niño muestra mucha semejanza con la del adulto; se diferencia de esta por
la falta de una organización fija bajo el primado de los genitales, por los inevitables rasgos perversos y por la intensidad
mucho menor de la aspiración en su conjunto.
Fases del desarrollo sexual (o, como decimos nosotros, libidinal) se sitúan más atrás de ese punto temporal.
El primado de los genitales se organiza de manera duradera a partir de la pubertad. En esta prehistoria hay una
organización que llamaremos pregenital en esta fase no se sitúan en primer plano las pulsiones parciales genitales, sino
las sádicas y anales. La oposición entre masculino y femenino no desempeña todavía papel alguno, ocupa su lugar la
oposición entre activo y pasivo, que se define como la precursora de la polaridad sexual, con la que se suelda más tarde.
Lo que nos parece masculino en las prácticas de esta fase, si las consideramos desde la fase genital, resulta ser expresión
de una pulsión de apoderamiento que fácilmente desborda hacia lo cruel. Aspiraciones de meta pasiva se anudan a la
zona erógena del orificio anal, muy importante en este período. La pulsión de ver y la pulsión de saber despiertan con
fuerza, los genitales participan en la vida sexual propiamente dicha sólo en su papel de órganos para la excreción de la
orina. En esta fase las pulsiones parciales no carecen de objetos, pero estos no necesariamente coinciden en uno solo. La
organización sádico-anal es la etapa que precede inmediatamente a la fase del primado genital.
Mas temprana, más primitiva aún, en que la zona erógena de la boca desempeña el papel principal. Pueden colegir
ustedes que la práctica sexual del chupeteo le pertenece.
La vida sexual -lo que llamamos función libidinal- no emerge como algo acabado sino que recorre una serie de fases
sucesivas.
El punto de viraje de ese desarrollo es la subordinación de todas las pulsiones parciales bajo el primado de los genitales
y, con este, el sometimiento de la sexualidad a la función de la reproducción. Antes de ello, hay por así decir una vida
sexual descompaginada, una práctica autónoma de las diversas pulsiones parciales que aspiran a un placer de órgano.
Vínculo de las pulsiones sexuales parciales con el objeto. Decíamos que algunos de los componentes de la pulsión sexual
tienen desde el principio un objeto y lo retienen. Otras lo tienen sólo al comienzo, mientras todavía se apuntalan en las
funciones no sexuales y lo resignan cuando se desligan de estas. En el acto del chupeteo se vuelven autónomos los
componentes eróticos que se satisfacen juntamente al mamar, el objeto, se abandona y se sustituye por un lugar del
cuerpo propio. La pulsión oral se vuelve autoerótica, como desde el comienzo lo son las pulsiones anales y las otras
pulsiones erógenas. El resto del desarrollo tiene dos metas: abandonar el autoerotismo, permutar de nuevo el objeto
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situado en el cuerpo propio por un objeto ajeno, en segundo lugar, unificar los diferentes objetos de las pulsiones
singulares, sustituirlos por un objeto único. Esto sólo puede lograrse, desde luego, cuando dicho objeto único es a su vez
un cuerpo total, parecido al propio.
Cuando en la infancia antes de que advenga el periodo de latencia, el proceso ha alcanzado un cierto cierre, el objeto
hallado resulta ser casi idéntico al primer objeto de la pulsión placentera oral, ganando por apuntalamiento (en la pulsión
de nutrición). Es, si no el pecho materno, al menos la madre.
Llamamos a la madre el primer objeto de amor. De amor hablamos, en efecto, cuando traemos al primer plano el aspecto
anímico de las aspiraciones sexuales y empujamos al segundo plano, o queremos olvidar por un momento, los
requerimientos pulsionales de carácter corporal o sensual que están en la base. Para la época en que la madre deviene
objeto de amor ya ha empezado en el niño el trabajo psíquico de la represión, que sustrae de su saber el conocimiento
de una parte de sus metas sexuales. A esta elección de la madre como objeto de amor se anuda el complejo de Edipo.
El complejo de Edipo. Aun cuando el hombre haya reprimido al Icc estas mociones malignas y pueda decirse que no es
responsable de ellas, por fuerza sufrirá esta responsabilidad como un sentimiento de culpa cuyo fundamento desconoce.
No cabe duda ninguna de que es lícito ver en el complejo de Edipo una de las fuentes más importantes de la Cc de culpa
que tan a menudo hace penar a los neuróticos.
Pero todavía más: en un estudio sobre los comienzos de la religión y la eticidad, que publique en 1913 poniéndole el título
de Tótem y Tabú, se me ocurrió la conjetura de que quizás la humanidad como un todo, en los comienzos de la historia,
adquirió en el complejo de Edipo la Cc de culpa, esa fuente última de la religión y la eticidad.
¿Qué deja ver del complejo de Edipo la observación directa del niño en la época de la elección de objeto anterior al
período de latencia? Bueno, se ve con facilidad que el varoncito quiere tener a la madre para él solo, siente como molesta
la presencia del padre, se enfada cuando este se permite ternezas hacia la madre, exterioriza su contento cuando el padre
parte de viaje o está ausente.
Simultáneamente el mismo niño da muestras en otras oportunidades de una gran ternura hacia el padre, sólo que
semejantes actitudes afectivas ambivalentes que en el adulto llevarían al conflicto, coexisten muy bien en el niño durante
largo tiempo, tal como después hallan un sitio duradero en el Icc una junto a la otra.
La niña, la actitud de tierna dependencia hacia el padre, la sentida necesidad de eliminar por superflua a la madre y
ocupar, su puesto, una coquetería que ya trabajaba con los recursos de la posterior feminidad, dan por resultado
justamente en la niña pequeña una imagen encantadora, que nos hace olvidar la seriedad de esta situación infantil y las
posibles consecuencias graves que esconde.
Este se amplia hasta convertirse en un complejo familiar cuando se suman otros niños. En tales casos el perjuicio egoísta
proporciona un nuevo apuntalamiento para que esos hermanitos sean recibidos con antipatía y sean eliminados sin
misericordia en el deseo.
Cuando estos hermanitos crecen, la actitud para con ellos sufre importantísimas mudanzas. El chico puede tomar a la
hermana como objeto de amor en sustitución de la madre infiel, entre varios hermanos que compiten por una hermanita
más pequeña ya se presentan las situaciones de rivalidad hostil que cobrarán significación más tarde en la vida. Una niñita
encuentra en el hermano mayor un sustituto del padre, quien ya no se ocupa de ella con la ternura de los primeros años,
o toma a una hermanita menor como sustituto del bebé que en vano deseó del padre.
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La posición de un niño dentro de la serie de los hijos, es un factor relevante para la conformación de su vida ulterior y
siempre es preciso tomarlo en cuenta en la descripción de una vida.
En esto se olvida que no haría falta una prohibición tan inexorable mediante la ley y las costumbres si existieran unas
barreras naturales seguras contra la tentación del incesto. En lo contrario se encierra la verdad. La primera elección de
objeto es, por lo general, incestuosa, en el hombre se dirige a la madre y a la hermana y se requieren las más terminantes
prohibiciones para impedir que se haga realidad esta persistente inclinación infantil.
El incesto con la madre es uno de los crímenes de Edipo, el parricidio es el otro.
¿En qué contribuye, el análisis al ulterior conocimiento del complejo de Edipo?
Lo revela tal como la saga lo cuenta, muestra que cada uno de estos neuróticos fue a su vez Edipo.
También descubrimos fácilmente que el odio al padre es reforzado por cierto número de motivos que provienen de épocas
y vínculos más tardíos y que los deseos sexuales hacia la madre se vuelcan en formas que al niño le son por fuerza todavía
ajenas.
En la época de la pubertad cuando la pulsión sexual plantea sus exigencias por primera vez en toda su fuerza los viejos
objetos familiares e incestuosos son retomados e investidos de nuevo libidinosamente. La elección infantil de objeto no
fue sino un débil preludio, aunque señero, de la elección de objeto en la pubertad. En esta se despliegan procesos
afectivos muy intensos, que siguen el mismo rumbo del complejo de Edipo o se alienan en una reacción frente a él. Estos
procesos tienen que permanecer en buena parte alejados de la Cc. Desde esta época en adelante, el individuo humano
tiene que consagrarse a la gran tarea de desasirse de sus padres, tras esa suelta puede dejar de ser niño para convertirse
en miembro de la comunidad social. Para el hijo, la tarea consiste en desasir de la madre sus deseos libidinosos a fin de
emplearlos en la elección de un objeto de amor ajeno, real y en reconciliarse con el padre si siguió siéndole hostil o en
librarse de su presión si se le cometió como reacción frente a su sublevación infantil. Es digno de notan cuan raramente
se finiquitan de la manera ideal en lo psicológico como en lo social. Pero los neuróticos no alcanzan de ningún modo esta
solución, el hijo permanece toda la vida sometido a la autoridad del padre y no está en condiciones de trasferir su libido
a un objeto sexual ajeno. Esta misma puede ser, trocando la relación, la suerte de la hija. En este sentido, el complejo de
Edipo es considerado con acierto como el núcleo de las neurosis.
Los dos deseos criminales del complejo de Edipo fueron reconocidos mucho antes de la época del psicoanálisis como
genuinos representantes de la vida pulsional no inhibida.
Pero como todos los hombres, y no solo los neuróticos, tienen esos sueños perversos, incestuosos y asesinos, estamos
autorizados a concluir que también los que hoy son normales han recorrido la via de desarrollo que pasa por las
perversiones y las investiduras de objeto del complejo de Edipo, que esa vía es la del desarrollo normal y que los neuróticos
no hacen mas que mostrarnos aumentado y ampliado lo que el análisis de los sueños nos revela también en las personas
sanas.
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