
pág. 10). No solo el encierro se evidencia en la estructura rígida que es el código de la lengua,
sino que también la misma civilización constituye un encierro al reproducir los enunciados del
sentido común, que se reflejan en la cotidianeidad de las obligaciones y normativas que este
implica. Como menciona Percia: “Se comienza a entrever que las ciudades se configuran como
encierros a cielo abierto” (2020, pág. 152).
La estética viene a romper con estos encierros, tiene una función cultural, histórica, trata de
que pensemos aquello que está en nosotros sin ser escuchado, sin ser visto, trata de iluminar
aquellas zonas sombrías de nosotros mismos. La costumbre hace que veamos sin ver, la estética
propone un espacio que invita a pensar y a sentir, haciendo visible lo visible, moviendo aquello
que estaba quieto. La idea de que lo estético puede estar en cualquier parte y no solo en los
museos, galerías de arte y demás lugares de institucionalización de la producción estética
debería trasladarse a la clínica, ya que esta podría devenir en cualquier parte donde haya
solicitud de hablar y un deseo por escuchar, no solo en espacios disciplinados como
consultorios o hospitales. Para Percia: “Clínicas acontecen, a veces, en momentos y en lugares
no previstos ni planeados” (2020, pág. 158)
En relación con la clínica, la cursada nos invitó a pensar que las políticas de salud tendrían que
ir más allá de solo solicitar resignación y paciencia a las sensibilidades excluidas de la vida del
capital. Con relación a esto y siguiendo a Rolón, una forma de abordar posiciones es
considerarlas como disponibilidad, pensando en la clínica esto no va en detrimento de otras
instancias, sino que es una disponibilidad a lo que sucede, lo que sale al encuentro, dejarse
afectar por lo que pasa, lo cual nos lleva a poner en cuestión nuestras referencias, se requieren
cuerpos deseantes que deseen implicarse, no se trata solo de cuáles cuerpos en situación están
afectados. En este sentido, las historias clínicas se ofrecen como unas pocas fijezas que
convienen a los diagnósticos, se reduce la clínica a formatos pautados y planificados, a
estereotipos de las entrevistas médicas o psicológicas. En la clínica se intenta alojar demasías
con criterios normalizadores, no saben qué hacer con ellas fuera de los encierros, ya que no
saben cómo vivir en una casa, entre los vecinos, la sociedad no sabe cómo suavizar a estas
sensibilidades portadoras de sentimientos desbordados. Esto nos invita a cuestionar las
formaciones universitarias que no estimulan invenciones clínicas que puedan albergar
demasías sin criterios normalizadores ni consentimientos con exclusiones y encierros. En
esquirlas se habla de clínicas como "cuidados que salvan vidas", clínica como aquella que
permite a las sensibilidades expresar sin remordimientos su propio naufragio. Salva porque no
juzga, salva porque el tiempo no apremia tal como el sistema lo impone. Es en este sentido que