
período independentista? Ciertamente, el proceso de emancipación constituye un punto común de
arranque en la experiencia nacional de América Latina, pero el acto de ruptura con el poder imperial
no significó la automática suplantación del estado colonial por un estado nacional. En parte, ello se
debió a que en su origen, la mayoría de los movimientos emancipadores tuvieron un carácter
municipal, limitados generalmente a la localidad de residencia de las autoridades coloniales.
Gradualmente, en la medida en que consiguieron concitar apoyos, se fueron extendiendo hasta
adquirir un carácter nacional. Los débiles aparatos estatales del período independentista estaban
constituidos por un reducido conjunto de instituciones -administrativas y judiciales- locales
25
. A este
primitivo aparato se fueron superponiendo órganos políticos (v.g. Juntas, Triunviratos, Directorios),
con los que se intentó sustituir el sistema de dominación colonial y establecer un polo de poder
alrededor del cual constituir un estado nacional. Estos intentos no siempre fueron exitosos, y en
muchos casos desembocaron en largos períodos de enfrentamientos regionales y lucha entre
fracciones políticas, en los que la existencia del estado nacional se fundaba, de hecho, en sólo uno de
sus atributos: el reconocimiento externo de su soberanía política.
No pocas veces, el fracaso se debió a la escasa integración territorial, derivada de la precariedad de
los mercados y agravada por la interrupción de los vínculos con la vieja metrópoli. La integración
política de las colonias con la metrópoli -que el proceso emancipador interrumpió- había sido una
condición necesaria de su explotación económica
26
. Con la independencia, las tendencias hacia la
autonomización regional se vieron reforzadas por el debilitamiento de los antiguos ejes dinámicos de
la economía colonial (v.g. los centros proveedores de metales preciosos) y el creciente aislamiento,
que dificultó el desarrollo de integración de nuevos circuitos económicos
27
. El período independentista
se caracterizó así por tendencias secesionistas que desmembraron los virreynatos y modificaron
drásticamente el mapa político de América Latina. En tales circunstancias -como señala Furtado- la
estructuración de los nuevos estados se vio condicionada por dos factores: la inexistencia de
interdependencia real entre señores de la tierra, que se ligarían unos a otros o se someterían a uno
de entre ellos en función de la lucha por el poder; y la acción de la burguesía urbana, que mantendría
contactos con el exterior y exploraría toda posibilidad de expansión del intercambio externo al cual se
irían vinculando segmentos del sector rural. Así, en la medida en que surgían posibilidades para una u
otra línea de exportaciones, el grupo urbano tendería a consolidarse al mismo tiempo que se
integraba con algún subgrupo rural, creándose de ese modo condiciones para la estructuración de un
efectivo sistema de poder
28
.
Sin duda, la efectividad del sistema de poder estructurado -o sea, la concreta posibilidad de
constitución de un estado- dependió fundamentalmente del grado de articulación logrado entre los
intereses rurales urbanos, lo cual a su vez estuvo relacionado con las condiciones existentes para la
integración económica del espacio territorial. La relativa homogeneidad regional de los valles
centrales de los actuales Chiles y Costa Rica -a cuyo ámbito se reducirían prácticamente las
manifestaciones de vida social organizada- podría explicar así la temprana consolidación de un
estado nacional en esos países. El desarrollo en los mismos de una pujante y diversificada economía
y la acomodación de los grupos locales más tradicionales a las nuevas posibilidades productivas,
contribuyeron a un rápido afianzamiento del poder centralizado del estado, evitando la anarquía y el
caudillismo que conocieron la mayoría de los países de la región.
25
La misión de estas instituciones -en su mayoría heredadas del período colonial- consistía en asegurar el abasto a las
ciudades, la seguridad de bienes y personas, proveer algunos servicios de salubridad e higiene, las obras públicas, la
recaudación aduanera, la administración de justicia y el registro público de ciertas transacciones.
26
Sobre este punto véase Tulio Halperin Donghi, Historia Contemporánea de América Latina (Madrid, Alianza Editorial,
1969) y Celso Furtado, La economía Latinoamericana desde la Conquista Ibérica hasta la Revolución Cubana (Santiago:
Editorial Universitaria, 1969).
27
Cfr. Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, Dependencia y Desarrollo en América Latina (México, Siglo XXI,
1969). Para el caso argentino, véase Roberto Cortés Conde y Ezequiel Gallo, La Formación de la Argentina Moderna
(Buenos Aires: Paidós, 1967). Sobre el aislamiento regional, pueden también consultarse los clásicos Bases de J.B.
Alberdi y Facundo de D. F. Sarmiento.
28
Furtado, op. cit., p. 38.
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