todos los males; sin la libertad todos los demás bienes corrompidos por la práctica cotidiana
de la servidumbre pierden por completo su gusto y su sabor.
No obstante, ese amo no tiene más que dos ojos, dos manos, un cuerpo, nada que
no tenga el último de los hombres que habitan el infinito número de nuestras ciudades. De lo
único que dispone además de los otros seres humanos es de un corazón desleal y de los
medios que vosotros mismos le brindáis para destruiros.
nadie podría negar, es que la naturaleza, ministro de Dios, bienhechora de la
humanidad, nos ha conformado a todos por igual y nos ha sacado de un mismo molde.
Debemos creer más bien que al hacer el reparto, a unos más, a otros menos, quería hacer
brotar en los hombres el afecto fraternal y ponerlos en situación de practicarlo, al tener, los
unos, el poder de prestar ayuda y, los otros, de recibirla. Así pues, ya que esta buena madre
nos ha dado a todos toda la tierra por morada, de cierto modo nos ha alojado a todos bajo el
mismo techo y nos ha perfilado a todos según el mismo.
¿cómo podríamos dudar de que somos todos naturalmente libres, puesto que somos
todos compañeros? Y ¿podría caber en la mente de nadie que, al darnos a la misma
compañía, la naturaleza haya querido que algunos fueran esclavos?
A decir verdad, no vale la pena preguntarse si la libertad es natural, puesto que no se
puede mantener a ningún ser en estado de servidumbre sin hacerle daño: no hay nada en el
mundo más contrario a la naturaleza, llena de razón siempre, que la injusticia. Queda, pues,
por decir, que la libertad es natural y que, en mi opinión, no sólo nacemos con nuestra libertad,
sino también con la voluntad de defenderla. Es sabido que algunas bestias mueren tan pronto
como son apresadas. Al igual que el pez pierde la vida cuando se lo saca del agua, muchos
animales se dejan morir para no sobrevivir a su libertad natural pérdida
¿qué desventurado vicio pudo desnaturalizar al hombre, único ser nacido realmente
para vivir libre, hasta el punto de hacerle perder el recuerdo de su estado original y el deseo
de volver a él?
Hay tres clases de tiranos: unos poseen el Reino gracias a una elección popular, otros
a la fuerza de las armas y los demás al derecho de sucesión. Aquel que detenta el poder
gracias al voto popular debería ser, a mi entender, más soportable y lo sería, creo, de no ser
porque cuando alcanza el poder toma la firme resolución de no abandonarlo jamás.
Porque, para que los hombres, mientras quede en ellos algún vestigio de humanidad,
se dejen someter, deben producirse de dos cosas una: o bien están obligados, o bien han
sido engañados. Obligados ya sea por fuerzas extranjeras.
Así, los hombres que nacen bajo el yugo, educados y criados en la servidumbre, sin
mirar más allá, se contentan con vivir como nacieron y, sin pensar en tener otro bien ni otro
derecho que el que encontraron, aceptan como algo natural el estado en que nacieron.
Mitrídates, quien se habituó a ingerir veneno, es la costumbre la que consigue hacernos tragar
sin repugnancia el amargo veneno de la servidumbre. No puede negarse que la naturaleza
es la que nos orienta ante todo según las buenas o malas inclinaciones que nos ha otorgado;
pero hay que confesar que ejerce sobre nosotros menos poder que la costumbre
No pretendo en absoluto que el país y las circunstancias tengan algo que ver, puesto
que, en todos los países, en todos los ambientes, es amarga la sumisión y placentera la
libertad. Pero soy de la opinión que hay que compadecer a aquellos que, al nacer, se
encontraron con el yugo al cuello; hay también que perdonarlos, o excusarlos, si, al no haber
conocido el menor atisbo de libertad y al no haber oído jamás hablar de ella, no sienten la
desgracia de ser esclavos. Nadie se lamenta de no tener lo que jamás tuvo. La naturaleza
del hombre es ser libre y querer serlo. Pero también su naturaleza es tal que, de una forma
natural, se inclina hacia donde lo lleva su educación.