De la Boétie: “Discurso sobre la servidumbre voluntaria”:
"No veo un bien en la soberanía de muchos; uno solo sea amo, uno solo sea rey." Así
hablaba en público Ulises, según Homero.1 Si hubiera dicho simplemente: "No veo bien
alguno en tener a varios amos", habría sido mucho mejor.
¿Acaso no es una desgracia extrema la de estar sometido a un amo del que jamás
podrá asegurarse que es bueno porque dispone del poder de ser malo cuando quiere? Y,
obedeciendo a varios amos, ¿no se es tantas veces más desgraciado?; ya que resulta difícil
creer que haya algo público en un gobierno en el que todo es de uno.
Quisiera tan sólo entender cómo pueden tantos hombres, tantos pueblos, tantas
ciudades, tantas naciones soportar a veces a un solo tirano, que no dispone de más poder
que el que se le otorga. millones de hombres son miserablemente sometidos y son juzgados,
la cabeza gacha, a un deplorable yugo, no porque se vean obligados por una fuerza mayor,
sino, por el contrario, porque están fascinados y, por decirlo así, embrujados por el nombre
nombre de uno, al que no deberían temer (puesto que está solo), ni apreciar (puesto que se
muestra para con ellos inhumano y salvaje).
Es natural amar la virtud, estimar las buenas acciones, agradecer el bien recibido e
incluso, con frecuencia, reducir nuestro propio bienestar para mejorar el de aquellos a quienes
amamos. Así pues, si los habitantes de un país encontraran entre ellos a uno de esos pocos
hombres capaces de darles reiteradas pruebas de su predisposición. si se acostumbraran
paulatinamente a obedecerle y a confiar tanto en él como para concederle cierta supremacía,
creo que sería preferible devolverle al lugar donde hacía el bien que colocarlo allí donde es
muy probable que haga el mal. Empero, es al parecer muy normal y muy razonable mostrarse
buenos con aquel que tanto bien nos ha hecho
¿Acaso no es vergonzoso ver a tantas y tantas personas, no tan sólo obedecer, sino
arrastrarse? No ser gobernados, sino tiranizados, sin bienes, ni parientes, ni mujeres, ni hijos,
ni vida propia. Soportar saqueos, asaltos y crueldades, no de un ejército, no de una horda
descontrolada de bárbaros contra la que cada uno podría defender su vida a costa de su
sangre, sino únicamente de uno solo.
Pero sí cien, miles de hombres de dejan someter por uno solo, ¿seguriermos diciendo
que se trata de fatla de valor, o más bien que, por desprecio o desdén no quieren ofrecerle
resistencia?.
En batallas tan famosas como las de Milcíades, Leónidas y Temístocles, En aquellas
gloriosas jornadas, 6 no se trataba tanto de una batalla entre griegos y persas como de la
victoria de la libertad sobre la dominación, de la generosidad sobre la codicia.
¡Son realmente fabulosos los relatos de gloriosas gestas que la libertad inscribe en el
corazón de aquellos que la defienden! Que una nación no haga esfuerzo alguno, si quiere,
por su felicidad; ahora bien, que no se forje ella misma su propia ruina. Son, pues, los propios
pueblos los que se dejan, o, mejor dicho, se hacen encadenar, ya que con sólo dejar de servir,
romperían sus cadenas. Es el pueblo el que se somete y se degüella a sí mismo;
Los tiranos, cuanto más saquean, más exigen, cuanto más arruinan y destruyen, más
se los alimenta y más se los ceba; se consolidan entonces aún más y se hacen siempre más
fuertes con el fin de aniquilar y arrasarlo todo. Pero, si no les diéramos nada, si no les
obedeciéramos, aun sin luchar contra ellos ni atacarlos, se quedarían desnudos y vencidos,
Hay, no obstante, una cosa, una sola, que los hombres, no sé por qué, no tienen
siquiera la fuerza de desear: la libertad, ese bien tan grande y placentero cuya carencia causa
todos los males; sin la libertad todos los demás bienes corrompidos por la práctica cotidiana
de la servidumbre pierden por completo su gusto y su sabor.
No obstante, ese amo no tiene más que dos ojos, dos manos, un cuerpo, nada que
no tenga el último de los hombres que habitan el infinito número de nuestras ciudades. De lo
único que dispone además de los otros seres humanos es de un corazón desleal y de los
medios que vosotros mismos le brindáis para destruiros.
nadie podría negar, es que la naturaleza, ministro de Dios, bienhechora de la
humanidad, nos ha conformado a todos por igual y nos ha sacado de un mismo molde.
Debemos creer más bien que al hacer el reparto, a unos más, a otros menos, quería hacer
brotar en los hombres el afecto fraternal y ponerlos en situación de practicarlo, al tener, los
unos, el poder de prestar ayuda y, los otros, de recibirla. Así pues, ya que esta buena madre
nos ha dado a todos toda la tierra por morada, de cierto modo nos ha alojado a todos bajo el
mismo techo y nos ha perfilado a todos según el mismo.
¿cómo podríamos dudar de que somos todos naturalmente libres, puesto que somos
todos compañeros? Y ¿podría caber en la mente de nadie que, al darnos a la misma
compañía, la naturaleza haya querido que algunos fueran esclavos?
A decir verdad, no vale la pena preguntarse si la libertad es natural, puesto que no se
puede mantener a ningún ser en estado de servidumbre sin hacerle daño: no hay nada en el
mundo más contrario a la naturaleza, llena de razón siempre, que la injusticia. Queda, pues,
por decir, que la libertad es natural y que, en mi opinión, no sólo nacemos con nuestra libertad,
sino también con la voluntad de defenderla. Es sabido que algunas bestias mueren tan pronto
como son apresadas. Al igual que el pez pierde la vida cuando se lo saca del agua, muchos
animales se dejan morir para no sobrevivir a su libertad natural pérdida
¿qué desventurado vicio pudo desnaturalizar al hombre, único ser nacido realmente
para vivir libre, hasta el punto de hacerle perder el recuerdo de su estado original y el deseo
de volver a él?
Hay tres clases de tiranos: unos poseen el Reino gracias a una elección popular, otros
a la fuerza de las armas y los demás al derecho de sucesión. Aquel que detenta el poder
gracias al voto popular debería ser, a mi entender, más soportable y lo sería, creo, de no ser
porque cuando alcanza el poder toma la firme resolución de no abandonarlo jamás.
Porque, para que los hombres, mientras quede en ellos algún vestigio de humanidad,
se dejen someter, deben producirse de dos cosas una: o bien están obligados, o bien han
sido engañados. Obligados ya sea por fuerzas extranjeras.
Así, los hombres que nacen bajo el yugo, educados y criados en la servidumbre, sin
mirar más allá, se contentan con vivir como nacieron y, sin pensar en tener otro bien ni otro
derecho que el que encontraron, aceptan como algo natural el estado en que nacieron.
Mitrídates, quien se habituó a ingerir veneno, es la costumbre la que consigue hacernos tragar
sin repugnancia el amargo veneno de la servidumbre. No puede negarse que la naturaleza
es la que nos orienta ante todo según las buenas o malas inclinaciones que nos ha otorgado;
pero hay que confesar que ejerce sobre nosotros menos poder que la costumbre
No pretendo en absoluto que el país y las circunstancias tengan algo que ver, puesto
que, en todos los países, en todos los ambientes, es amarga la sumisión y placentera la
libertad. Pero soy de la opinión que hay que compadecer a aquellos que, al nacer, se
encontraron con el yugo al cuello; hay también que perdonarlos, o excusarlos, si, al no haber
conocido el menor atisbo de libertad y al no haber oído jamás hablar de ella, no sienten la
desgracia de ser esclavos. Nadie se lamenta de no tener lo que jamás tuvo. La naturaleza
del hombre es ser libre y querer serlo. Pero también su naturaleza es tal que, de una forma
natural, se inclina hacia donde lo lleva su educación.
Digamos, pues, que en el hombre, todas las cosas son naturales, tanto si se cría con
ellas como si se acostumbra a ellas. Pero sólo le es innato aquello a lo que su naturaleza, en
estado puro y no alterada, lo conduce. Así pues, la primera razón de la servidumbre voluntaria
es la COSTUMBRE.
Se dice que ciertos hombres han estado siempre sometidos y que sus padres ya
vivieron así. Pues bien, éstos piensan que les corresponde so-portar el mal, se dejan
embaucar y, con el tiempo, crean ellos mismos las bases de quienes los tiranizan. Siempre
aparecen algunos, más orgullosos y más inspira-dos que otros, quienes sienten el peso del
yugo y no pueden evitar sacudirlo
Son los que, al tener de por sí la mente bien estructurada, se han cuidado de pulirla
mediante el estudio y el saber.
Pero, volviendo al hilo de mi discurso, del que casi me había apartado, la primera
razón por la cual los hombres sirven de buen grado es la de que nacen siervos y son educados
como tales. De ésta se desprende otra: bajo el yugo del tirano, es más fácil volverse cobarde
y apocado.
Las gentes sometidas no sienten ni alegría ni arrojo en el combate; van a la lucha
casi como atados y entumecidos, como cumpliendo penosamente un deber impuesto. No
sienten en su corazón el ardor de la libertad,
Pero esa astucia de los tiranos, que consiste en embrutecer a sus súbditos, e. Y hay
que reconocer que ésta es la tendencia natural del pueblo, que suele ser más numeroso en
las ciudades: desconfía de quien lo ama y confía en quien lo engaña.
. El pueblo ha sido siempre así. Se muestra dispuesto y disoluto para el placer que se
le brin-da en forma deshonesta, e insensible al daño y al dolor que padece honestamente.
Los de hoy no lo hacen mucho mejor, pues, antes de cometer algún crimen, aun el
más indignante, lo hacen preceder de algunas hermosas palabras sobre el bien público y el
bienestar de todos.
Ronsard planteo: “¿acaso no es hoy evidente que los tiranos, para consolidarse, se
han esforzado siempre por acostumbrar al pueblo, no sólo a la obediencia y a la servidumbre,
sino también a una especie de devoción por ellos?”. los sistemas empleados por los tiranos
para someter a las gentes no sirven sino para los ignorantes y los serviles.
Llego ahora a un punto que, creo, es el resorte y el secreto de la dominación, el sostén
y el fundamento de la tiranía. Ni la caballería, ni la infantería constituyen la defensa del tirano.
Cuesta creerlo, pero es cierto. Son cuatro o cinco los que sostienen al tirano. Ellos son los
que manipulan tan bien a su jefe que éste pasa a ser un hombre malo para la sociedad, no
sólo debido a sus propias maldades, sino también a las de ellos
no son seis mil, sino cien mil, millones los que tienen sujeto al tirano y los que
conforman entre ellos una cadena ininterrumpida que se remonta hasta él. En suma, se llega
así a que, gracias a la concesión de favores, a las ganancias, o ganancias compartidas con
los tiranos, al fin hay casi tanta gente para quien la tiranía es provechosa como para quien la
libertad sería deseable.
Así es como el tirano somete a sus súbditos, a unos por medio de otros. Contemplad
a sus arqueros, a sus guardias y a sus alabarderos; no es que no padezcan ellos mismos de
la opresión del tirano, sino que esos malditos por Dios y por los hombres se limitan a soportar
el mal, no para devolverlo a quien se lo causa a ellos, sino para hacerlo a los que padecen
como ellos y no pueden hacer nada. Pues, a decir verdad, acercarse al tirano, ¿acaso es
otra cosa que alejarse de la libertad y, por decirlo así, abrazar voluntariamente la
servidumbre? No están solamente obligados a obedecer, sino que deben también
complacerlo, doblegarse a sus caprichos, atormentarse, matarse a trabajar en sus asuntos,
gozar de sus mismos placeres, sacrificar sus gustos al suyo,
Pero se empeñan en servir para amontonar bienes,
Ésta es la razón por la que un tirano jamás es amado, ni ama él mismo jamás. La
amistad es algo sagrado, no se da sino entre gentes de bien que se estiman mutuamente, no
se mantiene tan sólo mediante favores, sino también mediante la lealtad y una vida virtuosa
Pero es curioso examinar lo que les queda tras tan gran tormento y lo que pueden
esperar a cambio de su desgracia y de tan miserable existencia. En general, el pueblo no
acusa al tirano de los males que padecen, sino a los que lo gobiernan. El pueblo, la nación
entera, todos, hasta los campesinos y todas sus voces se elevan contra ellos
Estas es la gloria, éste es el honor que reciben por sus servicios al pueblo.
Clase 10/11: Está contra la tiranía y a favor de la libertad.
Lutero idea del poder verticalista. Como hay dios, del cual no conocemos su voluntad
pero el conce nuestras acciones, entonces no hay libre albedrío.
Maquiavelo dice, sobre la voluntad, dice que una parte de las acciones del hombre
están dictadas por la voluntad de Dios/Fortuna, y otra parte dictada por nuestras acciones.
La Boétie dice otra cosa totalmente diferente; la servidumbre es voluntaria, no hay una
voluntad servía o una voluntad libre. Invierte el orden de la relación.
LB plantea una política sin amos y sin dios. En Lutero es con Dios, en Maquiavelo es
con amos (relacionado a la teoría de la conflictividad). Esto garantiza la estabilidad en ambos
pensadores.
Entonces, ¿Como podemos construir una vida en común?
Cuestiona el título de "amo", cuestiona la relación de dominación.
Él está pensando en lo público. Lo que es de todos.
La pregunta es, ¿cómo eso que es de todos, puede generar relaciones asimétricas?
Los tiranos no tienen más fuerza que la que ellos le dan, plantea que la naturaleza
nos hizo a todos iguales y libres; al que le otorgamos ese poder extraordinario, es otra
persona más.
LB se extraña de que haya tiranos, y de que los pueblos lo soporten; la fuente de
poder viene de aquellos que lo soporten, del pueblo
Tanto Mac como LB ponen el ojo en los oprimidos. (Maquiavelo pone el ojo en
ambos lados, pero ya ve el poder del pueblo, y por eso decía que el príncipe debe basar su
poder Ene el pueblo y no en sus pares). LB es más radical, so toma en visión a los oprimidos.
La servidumbre es un vicio desgraciado, y no entiende como todo el mundo elegir ser
desgraciado y no ser libre.
¿Podemos llamar a este vicio cobardía? ¿Es un miedo a este hombrecillo? No tiene
nombre.
Nosotros le damos el poder. El oprimido no tiene solo una pequeña parte del poder
(cómo plantea Maquiavelo), sino que ellos tenían todo el poder. Sí nosotros dejamos de creer,
se va el tirano.
2.B.1 de La Boétie - Discurso servidumbre (R2022 y clase).docx
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