GOCE Y CASTRACION
NORBERTO G. RABINOVICH
(*) Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis: Buenos Aires; 1995.
En el año 1920 irrumpió en el escenario teórico freudiano una conmovedora
novedad: la Pulsión de Muerte. Novedad, solamente desde el punto de vista de su
explicitación conceptual, puesto que -como Freud mismo lo confesó- durante los
años anteriores no le faltaron evidencias de su incidencia clínica. Por lo demás, y
tal como lo demostró Lacan, el fundamento lógico de la mortífera pulsión ya había
sido ampliamente articulado en su doctrina, aunque Freud se comportó "como si
no hubiera querido saber nada de eso".
Algunos años mas tarde escribió que le resultaba incomprensible haber
prescindido durante tanto tiempo de la Pulsión de Muerte en la explicación de los
fenómenos del inconciente, ya que por esa época se había convertido en una de las
piedras fundamentales del edificio analítico.
A su vez, también se transformó en la piedra mayor del escándalo dentro
mismo de la comunidad de sus discípulos. Muchos de ellos manifestaron
abiertamente su desición de no seguir al maestro por ese camino y muchos otros
desconocieron su alcance.
Inversamente a la mayoría de los autores psicoanalíticos, que magnificaron el
imperio de la sexualidad, Lacan centró en relación a la Pulsión de Muerte toda la
problemática del goce Esto quiere decir que para él, no hay sino un goce. Como lo
dijo en El saber del psicoanalista, "no hay más goce que el de morir". La
Wiederholungszvang, la compulsión repetitiva, pasó a ser en su enseñanza,
tributaria exclusiva de la Pulsión de Muerte. Perspectiva diferente a la sustentada
por Freud, quien aún después del 20, siguió creyendo que en el campo del
Principio del Placer, las pulsiones sexuales conservaban su propio referente de
goce, su propia matriz repetitiva que expresaba el impulso de volver a encontrar
"la primera experiencia de satisfacción". El sentido freudiano de esta referencia es
el del retorno a un punto absoluto de placer, paradigma de la unión completa,
realización de la fusión sin falla, momento genético anterior a la pérdida del
objeto: núcleo en torno al cual gira todo lo incluído bajo la égida de Eros,
tendencia general a la reunión. Con el "Más allá del Principio del Placer",
diferenció Freud la insistencia de una tendencia que aspiraba hallar su satisfacción
en la reedición de una experiencia que en su origen había resultado traumática:
Thánatos, o la búsqueda del placer en la destrucción de la unión, en la repetición
del corte traumático. A este placer en la reedición de una separación, a esta
satisfacción en la reproducción de una pérdida, a este Lust en el displacer de una
ausencia, es a lo que Lacan bautizó con el nombre de goce. De esta forma el goce
quedó estructuralmente identificado con la repetición de la castración. El campo
del Otro, donde impera el Principio del Placer, resulta así un lugar vaciado de
goce. El goce sólo es localizable en el más allá, punto de fracaso de la aspiración
unificante de la relación sexual.
Revisemos algunos planteos freudianos.: la pulsión sexual, dije, tiene como
meta recuperar las coordenadas de una satisfacción anterior. Es preciso suponer
una primera, que inicia el ciclo de la repetición. Ahí aparece entonces el modelo
mítico genético de la primera mamada. De este primer placer, plantea Freud, nacen
dos referentes fundamentales de la economía libidinal. La huella mnémica de la
experiencia del placer obtenido y el objeto como profundamente perdido. El
razonamiento que subyace a esta operación, es simple: en la superficie de la
memoria, en el lugar donde se tejen las representaciones y construye la
subjetividad, quedará fijada la inscripción del placer. Pero como la huella, es por
definición la ausencia de la cosa, das Ding nunca podrá ser recuperada en la red de
los símbolos. Sin embargo, la tendencia buscando el objeto imposible podrá
alcanzar un grupo primitivo de inscripciones psíquicas del placer, dando lugar a la
satisfacción alucinatoria de deseos.
Una primera delimitación de la topología subjetiva se demarca: un adentro
del sujeto -lo que fue inscripto (conteniendo su núcleo)- y un primer afuera: el
objeto profundamente perdido. En este razonamiento, el objeto de goce queda
identificado con el pecho y de allí con la madre. Por esta razón Freud definió como
incestuosa a la matriz de la repetición del placer sexual. Nunca abandoesta
hipótesis, y mantuvo inalterable el esquema edípico por medio del cual hacía
recaer en la prohibición del incesto el origen de la represión del goce.
Lacan invierte este esquema. En principio, traslada la problemática del primer
encuentro, al campo de la relación del organismo viviente con el lenguaje. Los
significantes del deseo materno capturan el cuerpo del hijo en el campo de la
significación; primera operación significante, cuyo agente es la madre. De esta
operación, algo resta: el objeto a, real irreductible a la estructura simbólica.
Aunque esto parezca reiterar en otros términos la lógica freudiana, no es así. Esta
perspectiva pone de manifiesto dos cuestiones: 1) que en el punto de partida, allí
donde Freud funda el goce sexual en la beatífica mamada, Lacan habla del fracaso
del encuentro como constitutivo del goce, y 2) por traducir el sistema de la huellas
mnémicas en términos de significantes, distribuye al revés la posición inicial del
sujeto en relación al Otro. Las primeras inscripciones definen topológicamente el
lugar del Otro, es decir, el lugar de la lengua; y lo que cae afuera, especifica el
primer lugar del sujeto. Sujeto forcluído en lo real, dirá Lacan, identificándolo con
el objeto a, perdido para el Otro. Al conjunto de esta primera operación
significante, Lacan la denomina castración primaria, y resulta de ella el
engendramiento del objeto como vacío real del goce, que mantendrá una función
separadora.
Tal vez una de las más valiosas enseñanzas de Lacan, haya sido localizar toda
manifestación de la función sujeto como realización del corte con el Otro. De ahí
la importancia de leer en la repetición del goce "trou-matique" la emergencia del
sujeto. Si lo que se repite del goce es el instante de la caída en lo real, es porque
representa la emergencia del sujeto. El vacio del goce constituye una reserva
operatoria, una guarida imposible de ser capturada por la devoración materna. En
este modelo teórico, no figura como real de la estructura, huella alguna de la
supuesta unidad primitiva. La falla, la hiancia, el agujero, está al inicio. La
hipótesis freudiana del primitivo goce sexual incestuoso, pierde su basamento real.
Lacan, por lo tanto, redefine el estatuto de las pulsiones sexuales. Si el intento
de recuperar el objeto faltante es el de reproducir el goce de la ausencia, las
pulsiones llamadas parciales, no son sexuales en un sentido estricto, sino pulsión
de muerte. En Posición del Inconciente escribió: " A dar vuelta en torno a estos
objetos ( seno, heces, etc.) para recuperar en ellos, para restaurar allí su pérdida
original, es a lo que se dedica esa actividad que llamamos pulsión". Y continúa así
en su Escrito: "Por esto es por lo que toda pulsión es virtualmente pulsión de
muerte." Por lo tanto el campo del deseo sexual queda especificado por un impasse
relativo al goce. El goce de la castración, es como el ojo de la tormenta donde se
agitan los vientos de la sexualidad.
Para el psicoanalista, el termino goce, por más que remita al tenebroso
nombre de Pulsión de Muerte, no debería ser algo condenable, como tan a menudo
lo es. El aforismo lacaniano "no ceder en el deseo", no significa una invitación a
desear y desear para mantenerse alejado del goce, como se lo malinterpreta a
menudo. Esa es exactamente la función del Principio del Placer. Por el contrario,
el principio ético implica: no detenerse ante "la realización del deseo", que es del
orden del acto donde se articula la repetición del goce . Se darán cuenta que se
trata de un asunto delicado. Siempre estamos ante el riesgo de transformar el
analisis en una acción moral. Lacan desarrolló a lo largo de un año, el fundamento
de la ética del psicoanálisis, precisamente en ese "más allá'.
Hasta ahora, he puesto el acento en la función del objeto a como referente
primero del goce, pues él constituye "el núcleo elaborable de todo goce". Estoy en
la puerta de entrada de una problemática mas difícil de articular: la de los distintos
campos del goce que Lacan diferencia en función de los puntos de intersección de
los tres registros, una vez que la estructura subjetiva ha quedado definitivamente
anudada. Sirviéndose del nudo borromeo de tres cuerdas, define en "La tercera" el
campo del goce fálico, del goce sentido y del goce del Otro, todos ellos conectados
con el agujero central donde sitúa el plus de goce. No me detendré en esta
complicada articulación, sino en algo que habría que denominar, el soporte
estructural de dicho anudamiento. Hago mención de la función del Sinthome, tal
como Lacan lo llamó unos años después, cuando introdujo el nudo borromeo de
cuatro elementos para abordar la estructura del sujeto. De esta elaboración teórica,
solo voy a tomarme de una punta de la cuerda, aquella donde Lacan adscribe la
función del Sinthome a la ya conocida función paterna, porque con el nudo de
cuatro él no descubrió algo nuevo de esta función, sino que elaboró una nueva
manera de formularla teóricamente.
Partiendo de la comprensión que el goce es el soporte real de la repetición de
la castración, llegamos a la pregunta: ¿Qué función cumple el padre, o lo que
denominamos padre en la teoría analítica, ese significante privilegiado, el Nombre
del Padre? Nos preocupamos por localizar el resorte estructural de su función, el
soporte último donde se asienta su eficacia. ¿Cuál? Precisamente la de ser el
responsable del corte de la castración. Pero de esta forma ¿ no se atribuye al Padre
la misma función que reconocimos sostenida por el objeto a? Algunos autores en
el intento de resolver esta cuestión arribaron a la siguiente respuesta: si la relación
sexual no existe por efecto de la estructura del lenguaje, el padre tampoco existe,
es decir que no habría ningún real que sostenga su función de agente de la
castración. El Padre Real sería una construcción fantasmática del sujeto. En
definitiva, dirán estos autores, no hay otro real del padre que el "a". Pueden leer
esta posición, desarrollada en un seminario dictado en Bs. As. por J. A. Miller
sobre Los Nombres del Padre.
Pero nosotros nos empecinamos en querer saber porqué Lacan insistió en
ubicar al Padre Real, al que designó como agente de la castración, como un real de
la estructura, como una "ex-sistencia" e incluso como soporte de la ex-sistencia
real del sujeto del significante.
Vuelvo un poco atrás. Había intentado establecer en el campo del goce, la
primera localización del sujeto en la estructura, identificado al objeto "a", fuera de
lo simbólico y de lo imaginario. Pero ahora me pregunto como ese goce entra en la
mansión del lenguaje donde el sujeto está destinado habitar. Allí, en el
significante, durante un tiempo residirá como invitado, sujetado a las
significaciones del Otro más que como sujeto y en ese tiempo el único lugar
propio, radicalmente inalienable, está en el vacio real, en el territorio topológico de
un goce sin marca. Desde donde para reproducir su goce, no cesará de no escribir
la castración Pero esta es la fórmula de un goce anónimo, de un sujeto acéfalo. La
cuestión que se suscita entonces, es definir de que manera se inscribe en la
estructura significante, es decir cuál es el mecanismo que hará advenir al goce sin
marca. en la marca del goce, marca que Lacan denominó tempranamente
significante del goce y escribió con la letra Fi mayúscula. El significante Falo es
también de lo real, especifica lo que del goce ex-siste en el inconciente. Constituye
la hiancia, la falla, el mite o el punto de fracaso de lo que en el inconciente se
articula como saber. Su inscripción a nivel del inconciente- originariamente
reprimido- introduce el segundo corte, la castración simbólica, e inicia el ciclo de
la repeticón significante: lo que no cesa de escribir la castración.
Pero de esta manera, estoy definiendo un elemento de la estructura donde
reposa el anudamiento de las dos funciones que Lacan atribuye al Padre Real:
referente del goce Urverdrangung y al mismo tiempo agente de la castración.
Lacan durante muchos años encubrió esta equivalencia entre el Falo y el
Padre. En el Seminario 18, la explicita así :
" Si escribí en algún lugar que el Nombre del Padre es el Falo -Dios
sabe cuantos gemidos de horror esto evocó en algunas almas piadosas- es
precisamente porque en esa fecha no podía articularlo mejor.
Lo que está claro, es que se trata del Falo, por supuesto, pero al mismo tiempo, es
el Nombre del Padre"
Acostumbrados a leer en los textos freudianos que el padre es el fundamento de
la barrera al goce incestuoso y que la aceptación de la ley acarrea una renuncia al
mismo, resulta difícil aceptar el reordenamiento de las piezas del tablero- como lo hizo
Lacan- exactamente al revés. El Padre está en el goce reprimido, idéntico al goce que no
conviene que se diga, para seguir creyendo, como lo enseña el neurótico, que habría
relación sexual. Pero ese goce no se calla, y aunque es imposible que sea dicho
enteramente, el sujeto grita a medias su verdad en el síntoma, precisamente en ese punto
donde nosotros estamos en condiciones de reconocer otro tramo de la cuerda del
Sinthome.
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