Lacan, por lo tanto, redefine el estatuto de las pulsiones sexuales. Si el intento
de recuperar el objeto faltante es el de reproducir el goce de la ausencia, las
pulsiones llamadas parciales, no son sexuales en un sentido estricto, sino pulsión
de muerte. En Posición del Inconciente escribió: " A dar vuelta en torno a estos
objetos ( seno, heces, etc.) para recuperar en ellos, para restaurar allí su pérdida
original, es a lo que se dedica esa actividad que llamamos pulsión". Y continúa así
en su Escrito: "Por esto es por lo que toda pulsión es virtualmente pulsión de
muerte." Por lo tanto el campo del deseo sexual queda especificado por un impasse
relativo al goce. El goce de la castración, es como el ojo de la tormenta donde se
agitan los vientos de la sexualidad.
Para el psicoanalista, el termino goce, por más que remita al tenebroso
nombre de Pulsión de Muerte, no debería ser algo condenable, como tan a menudo
lo es. El aforismo lacaniano "no ceder en el deseo", no significa una invitación a
desear y desear para mantenerse alejado del goce, como se lo malinterpreta a
menudo. Esa es exactamente la función del Principio del Placer. Por el contrario,
el principio ético implica: no detenerse ante "la realización del deseo", que es del
orden del acto donde se articula la repetición del goce . Se darán cuenta que se
trata de un asunto delicado. Siempre estamos ante el riesgo de transformar el
analisis en una acción moral. Lacan desarrolló a lo largo de un año, el fundamento
de la ética del psicoanálisis, precisamente en ese "más allá'.
Hasta ahora, he puesto el acento en la función del objeto a como referente
primero del goce, pues él constituye "el núcleo elaborable de todo goce". Estoy en
la puerta de entrada de una problemática mas difícil de articular: la de los distintos
campos del goce que Lacan diferencia en función de los puntos de intersección de
los tres registros, una vez que la estructura subjetiva ha quedado definitivamente
anudada. Sirviéndose del nudo borromeo de tres cuerdas, define en "La tercera" el
campo del goce fálico, del goce sentido y del goce del Otro, todos ellos conectados
con el agujero central donde sitúa el plus de goce. No me detendré en esta
complicada articulación, sino en algo que habría que denominar, el soporte
estructural de dicho anudamiento. Hago mención de la función del Sinthome, tal
como Lacan lo llamó unos años después, cuando introdujo el nudo borromeo de
cuatro elementos para abordar la estructura del sujeto. De esta elaboración teórica,
solo voy a tomarme de una punta de la cuerda, aquella donde Lacan adscribe la
función del Sinthome a la ya conocida función paterna, porque con el nudo de
cuatro él no descubrió algo nuevo de esta función, sino que elaboró una nueva
manera de formularla teóricamente.
Partiendo de la comprensión que el goce es el soporte real de la repetición de
la castración, llegamos a la pregunta: ¿Qué función cumple el padre, o lo que
denominamos padre en la teoría analítica, ese significante privilegiado, el Nombre
del Padre? Nos preocupamos por localizar el resorte estructural de su función, el
soporte último donde se asienta su eficacia. ¿Cuál? Precisamente la de ser el
responsable del corte de la castración. Pero de esta forma ¿ no se atribuye al Padre
la misma función que reconocimos sostenida por el objeto a? Algunos autores en
el intento de resolver esta cuestión arribaron a la siguiente respuesta: si la relación
sexual no existe por efecto de la estructura del lenguaje, el padre tampoco existe,
es decir que no habría ningún real que sostenga su función de agente de la
castración. El Padre Real sería una construcción fantasmática del sujeto. En