La polis, desde su advenimiento, que se puede situar en los siglos VII y VII a.C, por ella la
vida social y las relaciones entre los hombres adquieren una forma nueva. El sistema de la
polis implica preeminencia de la palabra sobre todos los otros instrumentos del poder.
Llega a ser herramienta política por excelencia, medio y mando de dominación sobre los
demás. La palabra no es ya el término ritual, sino el debate contradictorio, la discusión, la
argumentación. Supone un público al cual se dirige. Todas las cuestiones de interés
general que el soberano tenia, están ahora sometidas al arte oratorio y deberán lenguaje y
el logos, en su origen, adquiere conciencia de sí mismo, de sus reglas, de su eficacia, a
través de su función política. Son la retórica y la sofistica, las que abren las investigaciones
de Aristóteles y definen una técnica de persuasión y las reglas de la demostración.Un
segundo rasgo de la polis es el carácter de plena publicidad. La polis existe únicamente en
la medida en que se ha separado un dominio público en dos sentidos, diferentes pero
solidarios; las practicas abiertas, establecidas a plena luz del día en contraposición a los
procedimientos secretos. La cultura griega se constituye abriendo a un círculo cada vez
mayor el acceso al mundo espiritual reservado en los comienzos a una aristocracia de
carácter guerrero y sacerdotal. Pero esta ampliación, al convertirse en elementos de una
cultura común, los conocimientos, los valores, las técnicas mentales, son llevadas a la
plaza pública y sometida a crítica y controversia. La discusión, la argumentación, la
polémica, pasan a ser las reglas del juego intelectual, así como del juego político. La ley de
la polis, en contraposición al poder absoluto del monarca, exige que ambas sean
sometidas a rendiciones de cuentas. La palabra constituida es el instrumento de la vida
política; la escritura suministrará el medio de una cultura y permitirá una divulgación
completa de los conocimientos, constituirá el elemento fundamental de la paideia griega.
De esta manera al escribir las leyes, se les asegura permanencia y fijeza; se transforman
en bien común, regla general, susceptible de ser aplicada por igual a todos. Cuando los
individuos, deciden hacer público su saber mediante la escritura, su ambición no es la de
dar a conocer a otros su descubrimiento, quieren al depositar su mensaje, hacer de él el
bien común de la ciudad. Una vez divulgada su sabiduría adquiere una consistencia y
objetividad, que hace que se constituya como verdad. Esta transformación del saber, tiene
su paralelo en otro sector de la vida social. Todos los antiguos sacra, signos de investidura,
símbolos religiosos, de poder en el secreto de los palacios, emigran hacia el templo. Bajo
la mirada de la ciudad los relatos secretos, las fórmulas ocultas, se despojan de su misterio
y de su poder religioso, para convertirse en las verdades que debatirán los Sabios. La
laicización de todo plano de la vida política tiene como contrapartida una religión oficial
que ha establecido sus distancias en relación con los asuntos humanos y que ya no está
comprometida en las vicisitudes de la arkhé. El “racionalismo” político que preside las
instituciones de la ciudad, se opone a los antiguos procedimientos religiosos de gobierno,
pero sin excluirlos radicalmente. Las investigaciones de los Sabios iban a continuar las
preocupaciones de las sectas. Las enseñanzas de la Sabiduría, como las revelaciones de los
misterios, pretenden transformar el hombre desde dentro, hacer de él un ser único. Si la
ciudad se dirige al Sabio cuando se siente presa del desorden y la impureza, es porque él
se presenta como un hombre divino. Recíprocamente, cuando el Sabio se dirige a la
ciudad, es para transmitirle una verdad que viene de lo alto y que no deja de pertenecer a
otro mundo. Lleva el misterio a la plaza pública, lo hace objeto de un examen, pero sin
que deje de ser un misterio. La
filosofía se encuentra, al nacer, en una posición ambigua,