
-Para que un antígeno tenga inmunogenicidad, es importante que presente ciertas características. Una de las
más importantes es que sea reconocida como extraña.
Cuando se introduce un antígeno en un organismo, el grado de inmunogenicidad depende de su grado de alteridad, es
decir, cuanto mayor es la distancia filogenética entre dos especies, mayor es la disparidad estructural. Por ejemplo, la
albúmina sérica bovina no es inmunógena cuando se inyecta a una vaca, pero sí lo es si se inyecta a un conejo.
Una molécula será inmunógena dependiendo de su tamaño molecular. Los inmunógenos más activos poseen un peso
molecular mayor a 100 KDa. Las sustancias con peso molecular menor a 10 KDa serían inmunógenas deficientes.
El tamaño molecular y la alteridad no son suficientes para que una molécula sea inmunógena, la inmunogenicidad
también depende de la composición molecular y heterogeneidad químicas. La accesibilidad espacial de los epítopos
resulta importante para que una molécula sea inmunógena, pues permite una unión rápida y fácil del anticuerpo con
el epítopo. La mayoría de los materiales antigénicos son de naturaleza proteica, éstos también pueden ser
polisacáridos, lípidos e incluso ácidos nucleicos. Salvo excepciones, las proteínas son más inmunogénicas que los
polisacáridos, estos más que los lípidos, y estos más que los ácidos nucleicos. Los homopolímeros (polímero
compuesto por monómeros idénticos) tienden a carecer de inmunogenicidad sin importar su tamaño. Los
heteropolímeros (polímero compuesto por monómeros distintos) son más inmunógenos que los homopolímeros. Los
cuatro niveles de organización de las proteínas contribuyen a la complejidad estructural de una proteína y en
consecuencia, a su inmunogenicidad. Al someter a calentamiento una proteína de estructura cuaternaria, se
desnaturaliza y pierde sus determinantes antigénicos conformacionales y con ello, puede perder su inmunogenicidad.
Pero es importante mencionar, que al desnaturalizar la proteína, se exponen los epítopos ocultos en la estructura
proteica y estos podrían ser reconocidos por una molécula de anticuerpo.
Para ser inmunógena, un antígeno proteico debe ser susceptible a ser procesado por una célula fagocítica y
presentado en un contexto de moléculas del MHC.
Las macromoléculas grandes e insolubles son más inmunógenas que las solubles y pequeñas, ya que las primeras,
dependiendo de su estructura química, se fagocitan y procesan con mayor facilidad.
Un factor importante que determina la reactividad inmunitaria es el genotipo del receptor, es decir, la constitución
genética influye en la respuesta inmunitaria hacia un inmunógeno. Una persona X no reaccionará de la misma forma a
un inmunógeno que una persona Y expuesta al mismo inmunógeno.
Cada inmunógeno experimental muestra una curva de dosis-respuesta particular, determinado al medir la respuesta
inmunitaria a diferentes dosis y distintas vías de administración. Por lo regular, a mayor dosis, respuesta inmunitaria
más eficaz. La vía de administración influye en alto grado en los órganos y poblaciones celulares inmunitarias que
intervienen en la respuesta. El antígeno suministrado por vía intravenosa se traslada primero al bazo, mientras que el
que ingresa por vía intradérmica es procesado y presentado más fácilmente y pasa a los ganglios linfáticos regionales.
Los coadyuvantes son sustancias que cuando se mezclan con un antígeno, aumentan la inmunogenicidad de dicho
antígeno. El sulfato potásico de aluminio es un coadyuvante que prolonga la persistencia del antígeno y es el único
aprobado para uso en humanos.
Bibliografía.
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Jesús Ortega Luis.