M. Weber - "Economía y sociedad" - Cap. III "Tipos de dominación"
Los Tipos de Dominación
1. Las Formas de Legitimidad
Debe entenderse por "dominación la probabilidad de encontrar obediencia dentro de un
grupo determinado para mandatos espeficos. Esta dominación ("autoridad"), en el
sentido indicado, puede descansar en los más diversos motivos de sumisión: desde la
habituación inconsciente hasta lo que son consideraciones puramente racionales con
arreglo a fines. Un determinado mínimo de interés (externo o interno) en obedecer, es
esencial en toda relación auténtica de autoridad.
Toda dominación sobre una pluralidad de hombres requiere (no absolutamente siempre)
de un cuadro administrativo; es decir, la probabilidad, en la que se puede confiar, de que se
dará una actividad, dirigida a la ejecución de sus ordenaciones generales y mandatos
concretos, por parte de un grupo de hombres cuya obediencia se espera. Este cuadro
administrativo puede estar ligado a la obediencia de su señor por la costumbre, de un modo
puramente afectivo, por intereses materiales o por motivos ideales (con arreglo a
valores). La naturaleza de estos motivos determina en gran medida el tipo de
dominación. En lo cotidiano domina la costumbre y con ella intereses materiales, utilitarios
pero se les ade otro factor: la creencia en la legitimidad. Sen sea la clase de
legitimidad pretendida es fundamentalmente diferente tanto el tipo de la obediencia, como el
del cuadro administrativo destinado a garantizarla, como el carácter que toma el ejercicio de
dominación y también sus efectos. La "legitimidad" de una dominación tiene una
importancia que no es puramente "ideal" -aunque no sea más que por el hecho de que
mantiene relaciones muy determinadas con la legitimidad de la "propiedad".
No toda "pretensión" convencional o jurídicamente garantizada debe llamarse "relación de
dominación". Pues de esta suerte poda decirse que el trabajador en el ámbito de la
pretensión de su salario es "señor" del patrono, ya que éste a demanda del ejecutor judicial,
está a su disposición. Sin embargo, el concepto de una relación de dominación no
excluye naturalmente el que haya podido surgir por un contrato formalmente libre: así en la
dominación del patrono sobre el obrero traducida en las instrucciones y ordenanzas de su
trabajo o en la dominación del señor sobre el vasallo que ha contraído libremente el
pacto feudal. El que la obediencia por disciplina militar sea formalmente "obligada" mientras
la que impone la disciplina de taller es formalmente "voluntaria", no altera para nada el
hecho de que la disciplina de taller implica también sumisión a una autoridad (dominación).
La absoluta carencia de una relación voluntaria sólo se da en los esclavos. Tampoco,
por otra parte, debe llamarse "dominación" a un poder "económico" determinado por una
situación de monopolio. Con frecuencia no es posible en la realidad una separación
rigurosa, pero por eso mismo es s imperiosa la necesidad de conceptos claros.
La "legitimidad" de una dominación debe considerarse sólo como una
probabilidad. Ni con mucho ocurre que la obediencia a una dominación esté orientada
primariamente (ni siquiera siempre) por la creencia en su legitimidad. La adhesión puede
fingirse por individuos y grupos enteros por razones de oportunidad, practicarse
efectivamente por causa de intereses materiales propios, o aceptarse como algo
irremediable en virtud de debilidades individuales y de desvalimiento. Lo cual no es decisivo
para la clasificación de una dominación. s bien, su propia pretensión de legitimidad,
consolida su existencia y codetermina la naturaleza del medio de dominación. La clase de
relación de la legitimidad entre el soberano y su cuadro administrativo es muy distinta
según sea la clase del fundamento de la autoridad que entre ellos exista, siendo
decisiva en gran medida para la estructura de la dominación
"Obediencia" significa que la acción del que obedece transcurre como si el contenido
del mandato se hubiera convertido, por mismo, en máxima de su conducta. El
ámbito de la influencia autoritaria de las relaciones sociales y de los fenómenos culturales es
mucho mayor de lo que a primera vista parece. Valga como ejemplo la suerte de dominación
que se ejerce en la escuela, mediante la cual se imponen las formas de lenguaje oral y
escrito que valen como ortodoxas. La autoridad de los padres y de la escuela llevan su
influencia mucho más allá de aquellos bienes culturales de carácter (aparentemente) formal,
pues conforma a la juventud y de esa manera a los hombres.
2. Existen tres tipos puros de dominación legítima. El fundamento primario de su legitimidad
puede ser:
1. De carácter racional: que descansa en la creencia en la legalidad de ordenaciones
estatuidas y de los derechos de mando de los llamados por esas ordenaciones a ejercer la
autoridad (autoridad legal).
2. De carácter tradicional: que descansa en la creencia cotidiana en la santidad de las
tradiciones que rigieron desde lejanos tiempos y en la legitimidad de los señalados
por esa tradición para ejercer la autoridad (autoridad tradicional).
3. De carácter carismático: que descansa en la entrega extracotidiana a la santidad,
heroísmo o ejemplaridad de una persona y a las ordenaciones por ella creadas o reveladas
(llamada) (autoridad carismática).
En el caso de la autoridad legal se obedecen las ordenaciones impersonales y objetivas
legalmente estatuidas y las personas por ellas designadas, en méritos éstas de la
legalidad formal de sus disposiciones dentro del círculo de su competencia. En el caso de
la autoridad tradicional se obedece a la persona del señor llamado por la tradición y
vinculado por ella (en su ámbito) por motivos de piedad, en el rculo de lo que es
consuetudinario. En el caso de la autoridad carismática se obedece al caudillo
carismáticamente calificado por razones de confianza personal en la revelación, heroicidad o
ejemplaridad, dentro del rculo en que la fe en su carisma tiene validez.
DOMINACN TRADICIONAL
Debe entenderse que una dominación es tradicional cuando su legitimidad descansa
en la santidad de ordenaciones y poderes de mando heredados de tiempos lejanos. El
soberano no es un "superior", sino un señor personal, su cuadro administrativo no está
constituido por "funcionarios" sino por "servidores", los dominados no son "miembros" de la
asociación sino "compañeros tradicionales" o "súbditos". Las relaciones del cuadro
administrativo para con el soberano no se determinan por el deber objetivo del cargo, sino
por la fidelidad personal del servidor.
No se obedece a disposiciones estatuidas, sino a la persona llamada por la tradición y los
mandatos de esta persona son legítimos de dos maneras:
1. en parte por la fuerza de la tradición que señala inequívocamente el contenido de los
ordenamientos, así como su amplitud y sentido tal como son creídos, y cuya
conmoción por causa de una transgresión de los límites tradicionales poda ser
peligrosa para la propia situación tradicional del imperante;
2. en parte por arbitrio libre del señor, al cual la tradición le demarca el ámbito
correspondiente.
Este arbitrio tradicional descansa primeramente en la limitación, por principio, de la
obediencia por piedad.
Existe por consiguiente el doble reino:
de la acción del imperante materialmente vinculada por la tradición.
de la acción del imperante materialmente libre de tradición.
Dentro de este último el soberano puede dispensar su "favor" otorgando o retirando su
gracia lirrima por inclinaciones o antipatías personales En la medida en que el
soberano procede según principios formales (los de la justicia y equidad o los de la
conveniencia utilitaria). De hecho el ejercicio de la dominación se orienta por lo que,
está permitido al señor (y a su cuadro administrativo) frente a la obediencia tradicional de
los súbditos, de modo que no provoque su resistencia. Esta resistencia se dirige, cuando
surge, contra la persona del señor (o de los servidores) que desatend los límites
tradicionales del poder, pero no contra el sistema como tal ("revolución tradicionalista").
En el tipo puro de dominación tradicional es imposible la "creación" deliberada, por
declaración, de nuevos principios jurídicos o administrativos. Nuevas creaciones lo
pueden ser legitimadas por la "sabiduría" tradicional.
DOMINACION CARISMATICA
Debe entenderse por "carisma" la cualidad, que pasa por extraordinaria, de una
personalidad, por cuya virtud se la considera en posesión de fuerzas sobrenaturales o no
asequibles a cualquier otro-, o como enviados del dios, o como ejemplar y, en
consecuencia, como jefe, caudillo, guía o líder.
Sobre la validez del carisma decide el reconocimiento por parte de los dominados. Ahora
bien, el reconocimiento (en el carisma genuino) no es el fundamento de la legitimidad, sino un
deber de los llamados, en méritos de la vocación y de la corroboración, a reconocer
esa cualidad. Este "reconocimiento" es, psicológicamente, una entrega plenamente personal
y llena de fe surgida del entusiasmo o de la indigencia y la esperanza.
Ningún profeta ha considerado su cualidad como dependiente de la multitud, ninn rey
ungido o caudillo carismático ha tratado a los oponentes o a las personas fuera de su
alcance sino como incumplidores de un deber. Si falta de un modo permanente la
corroboración, si el agraciado carismático parece abandonado de su dios o de su fuerza
mágica o heroica, le falla el éxito de modo duradero y, sobre todo, si su jefatura no aporta
ningún bienestar a los dominados, entonces hay la probabilidad de que su autoridad
carismática se disipe. Este es el sentido genuinamente carismático del imperio "por la gracia
de Dios".
La dominación carismática supone un proceso de comunización de carácter emotivo. El
cuadro administrativo de los imperantes carismáticos no es ninguna "burocracia", y menos
que nada una burocracia profesional. Es elegido a su vez por cualidades carismáticas: al
profeta corresponden los discípulos, al príncipe de la guerra el "séquito", al jefe, en general,
los "hombres de confianza". No hay "sueldo" ni "prebenda" alguna, sino que los discípulos y
secuaces viven (originariamente) con el señor en comunismo de amor o camaradea, con
medios procurados por mecenas. Sin embargo, en su aspecto material rige en toda
dominación carismática genuina la frase: "estaba escrito, pero yo en verdad os digo"; el
profeta genuino, como el caudillo genuino, como todo jefe genuino en general, anuncia,
crea, exige nuevos mandamientos -en el sentido originario del carisma: por la fuerza de
la revelación, del oráculo, de la inspiración o en méritos de su voluntad concreta de
organización.
El reconocimiento crea un deber. En tanto que a una profea no se le oponga otra
concurrente con la pretensión a su vez de validez carismática, únicamente existe una lucha
por el liderazgo que lo puede decidirse por medios mágicos o por reconocimiento (según
deber) de la comunidad, en la que el derecho lo puede estar de un lado, mientras que
del otro sólo está la injuria sujeta a expiación.
La dominación carismática se opone tanto a la dominación racional como a la tradicional. La
dominación burocrática es específicamente racional en el sentido de su vinculación a reglas
discursivamente analizables; la carismática es específicamente irracional en el sentido de
su extrañeza a toda regla. La dominación tradicional está ligada a las precedentes del
pasado y en cuanto tal igualmente orientada por normas; la carismática subvierte el pasado
(dentro de su esfera) y es en este sentido espeficamente revolucionaria. Es legítima en
tanto que el carisma personal "rige" por su corroboración, es decir, en tanto que
encuentra reconocimiento, y "han menester de ella" los hombres de confianza, discípulos,
séquito; y sólo por la duración de su confirmación carismática.
El carisma puro es específicamente extro a la economía. Lo que todos desdeñan -en
tanto que existe el tipo carismático genuino- es la economía racional o tradicional de cada
día, el logro de "ingresos" regulares en virtud de una actividad económica dirigida a ello de
un modo continuado. Las formas típicas de la cobertura de necesidades de carácter
carismático son, de un lado, las mecenísticas (donaciones, fundaciones, soborno, propinas
de importancia)- y las mendicantes, y, de otro lado, el botín y la extorsión violenta o
(formalmente) pacífica. Considerada desde la perspectiva de una economía racional es una
fuerza típica de la "antieconomicidad", pues rechaza toda trabazón con lo cotidiano. Casi
todos los profetas han sido mantenidos de un modo mecenístico.
El carisma es la gran fuerza revolucionaria en las épocas vinculadas a la tradición. El carisma
puede ser una renovación desde dentro, que nacida de la indigencia o del entusiasmo,
significa una variación de la dirección de la conciencia y de la acción, con reorientación
completa de todas las actitudes frente a las formas de vida anteriores o frente al "mundo" en
general.
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